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18 febrero, 2013 / Noógrafo

[Guy Debord] Comentarios a la Sociedad del Espectáculo.

En 1967, con el libro La sociedad del espectáculo puse de relieve lo que el espectáculo moderno era ya en esencia: el reinado autocrático de la economía mercantil, que ha conseguido un estatuto de soberanía irresponsable, y el conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que corresponden a ese reinado. Tras los disturbios de 1968, que se prolongaron durante los años siguientes en diversos países sin conseguir derrocar en ninguna parte el orden establecido, del que el espectáculo surge espontáneamente, éste ha seguido reforzándose en todas partes(…). Incluso ha aprendido nuevos procedimientos defensivos, como suele ocurrir con todo poder amenazado. (…)

Puesto que, con toda seguridad, el espectáculo es hoy más poderoso de lo que era antes, ¿qué hace con ese poder suplementario? ¿Hasta dónde ha llegado que no hubiera llegado antes? ¿Cuáles son, en suma, sus líneas de actuación en este momento? La vaga impresión de que se trata de una especie de invasión rápida que obliga a la gente a llevar una vida completamente distinta, está ampliamente extendida; con todo y con eso, el hecho se vive más bien a la manera en que se experimenta una modificación inexplicable del clima o de cualquier otro equilibrio natural, modificación ante la cual la ignorancia sólo sabe que no tiene nada que decir. Además, muchos admiten que se trata de una invasión civilizadora, al parecer inevitable, e incluso desean colaborar con ella. Quienes así se sitúan prefieren ignorar para qué sirve en concreto esa conquista y también cómo procede. 

Expondré ahora algunas consecuencias prácticas, poco conocidas aún, que se derivan de ese despliegue rápido del espectáculo durante los últimos veinte años. No me propongo entrar en polémicas -demasiado fáciles e inútiles- sobre ningún aspecto de la cuestión; tampoco intento convencer. Estos comentarios no pretenden moralizar. No contemplan lo que es deseable o simplemente preferible. Se limitarán a señalar lo que ocurre. (…)

La discusión vacía sobre el espectáculo, es decir, sobre lo que hacen los propietarios del mundo, está pues organizada por el espectáculo mismo: se insiste sobre los grandes medios del espectáculo para no decir nada sobre su amplia utilización. Con frecuencia se prefiere llamarlo mediático más que espectáculo. Con ello se quiere designar un simple instrumento, una especie de servicio público que administraría con imparcial «profesionalidad» la nueva riqueza de la comunicación a través de los mass-media, comunicación finalmente asimilada a la pureza unilateral en la que la decisión ya tomada se deja admirar apaciblemente. Lo que se comunica son las órdenes; y, muy armoniosamente, aquellos que las han dado son también los que dirán lo que piensan de ellas.

El poder del espectáculo, tan esencialmente unitario, centralizador por la fuerza misma de las cosas y perfectamente despótico en su espíritu, se indigna con frecuencia al ver constituirse bajo su reinado una política-espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo o tantos otros sorprendentes «excesos mediáticos». De este modo, el espectáculo no sería más que exceso de lo mediático, y su naturaleza indiscutiblemente buena, puesto que sirve para comunicar, es en ocasiones llevada al extremo. Los amos de la sociedad se declaran con bastante frecuencia mal servidos por sus empleados mediáticos; más a menudo reprochan a la masa espectadora su tendencia a entregarse sin moderación y casi bestialmente a los placeres mediáticos. Así, y tras una multitud virtualmente infinita de pretendidas divergencias mediáticas, se disimulará lo que, por el contrario, es resultado de una espectacular convergencia perseguida con destacable tenacidad. Al igual que la lógica de la mercancía prima sobre las diversas ambiciones competitivas de los comerciantes, o que la lógica de la guerra domina siempre las frecuentes modificaciones del armamento, la severa lógica del espectáculo domina en todas partes la diversidad de las extravagancias mediáticas.

El cambio de mayor importancia en todo lo que ha sucedido en los últimos veinte años reside en la continuidad misma del espectáculo. Esta importancia no se refiere al perfeccionamiento de su instrumentación por los media, que ya anteriormente había alcanzado un estadio de desarrollo muy avanzado: se trata simplemente de que la dominación espectacular ha educado a una generación sometida a sus leyes. Las condiciones extraordinariamente nuevas en las que esta generación ha vivido, constituyen un resumen exacto y suficiente de todo lo que el espectáculo impedirá de ahora en adelante; y también de todo lo que permitirá. (…)

En el plano simplemente teórico no tengo que añadir más que un detalle, aunque de importancia, a lo que ya había formulado anteriormente. En 1967 yo distinguía dos formas sucesivas y rivales, del poder espectacular: la concentrada y la difusa. Una y otra planeaban sobre la sociedad real como su meta y su falacia. La primera, es decir, la concentrada, dando prioridad a la ideología que se aglutina en torno a una personalidad dictatorial, había acompañado la contrarrevolución totalitaria, tanto la nazi como la estalinista. La forma difusa, incitando a los asalariados a escoger libremente entre una gran variedad de nuevas mercancías, había representado esa americanización del mundo que, en algunos aspectos asustaba, pero que, al mismo tiempo, seducía a los países donde durante más tiempo se habían podido mantener las condiciones de las democracias burguesas de tipo tradicional. Con posterioridad ha aparecido una nueva forma, fruto de la combinación razonada de las dos anteriores, sobre la base general de una victoria de la que se había manifestado como la más fuerte, la forma difusa. Se trata de lo espectacular integrado, que a partir de entonces tiende a imponerse mundialmente. (…)

Lo espectacular integrado se manifiesta a la vez como concentrado y como difuso y a partir de esta fructífera unificación ha sabido emplear más ampliamente una y otra cualidad. Su forma de aplicación anterior ha cambiado. Por lo que respecta al aspecto concentrado, el centro director se ha convertido en oculto: ya nunca se coloca en él a un jefe conocido o una ideología clara. En cuanto al lado difuso, la influencia espectacular no había marcado jamás hasta ese punto la práctica totalidad de las conductas y de los objetos que se producen socialmente, ya que el sentido final de lo espectacular integrado es que se ha incorporado a la realidad a la vez que hablaba de ella; y que la reconstruye como la habla. Así pues, esa realidad no se mantiene ahora enfrente suyo como algo ajeno. Cuando lo espectacular era concentrado se le escapaba la mayor parte de la sociedad periférica; cuando era difuso se le escapaba una mínima parte; hoy no se le escapa nada. El espectáculo se ha mezclado con la realidad irradiándola. Como se podía prever fácilmente en teoría, la experiencia práctica de la realización sin freno de la voluntad de la razón mercantil, habrá demostrado de forma rápida y sin excepciones, que el devenir-mundo de la falsificación era también el devenir-falsificación del mundo. Exceptuando una herencia aún importante pero destinada a disminuir, constituida por libros y construcciones antiguos, que por otra parte son cada vez más a menudo seleccionados y relativizados según la conveniencia del espectáculo, no existe nada -en la cultura, en la naturaleza- que no haya sido transformado y polucionado, según los medios y los intereses de la industria moderna. Incluso la genética ha llegado a ser plenamente accesible para las fuerzas dominantes de la sociedad.

El gobierno del espectáculo, que actualmente detenta todos los medios de falsificación del conjunto de la producción así como de la percepción, es amo absoluto de los recuerdos, al igual que es dueño incontrolado de los proyectos que conforman el más lejano futuro. Reina en solitario en todas partes y ejecuta sus juicios sumarios. (…)

La sociedad modernizada hasta el estadio de lo espectacular integrado se caracteriza por el efecto combinado de cinco rasgos principales que son: la incesante renovación tecnológica, la fusión económico-estatal, el secreto generalizado, la falsedad sin réplica y un perpetuo presente.

El movimiento de innovación tecnológica se inició hace mucho tiempo y es constitutivo de la sociedad capitalista, a veces llamada industrial o postindustrial. Pero, desde que ha alcanzado su más reciente aceleración (al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial) refuerza tanto mejor la autoridad espectacular puesto que, por él, todo el mundo se descubre totalmente entregado al conjunto de los especialistas, a sus cálculos y a sus juicios siempre satisfechos sobre esos cálculos. La fusión económico-estatal es la tendencia más acusada de este siglo y se ha convertido, como mínimo, en el motor del más reciente desarrollo económico. La alianza defensiva y ofensiva pactada entre el poder de la economía y el del Estado, les ha asegurado a ambos los mayores beneficios en todos los terrenos: puede decirse que cada uno de ellos posee al otro; es absurdo oponerlos o distinguir sus razones y despropósitos. Esta unión se ha mostrado también extremadamente favorable al desarrollo de la dominación espectacular, que precisamente no ha sido más que eso desde el momento de su formación. Los tres últimos rasgos son los efectos directos de esa dominación en su estadio integrado.

El secreto generalizado se mantiene tras el espectáculo como el complemento decisivo de lo que muestra y, si profundizamos en el tema, como su más importante operación.

El solo hecho de carecer en lo sucesivo de réplica, ha dado a lo falso una cualidad nueva. Es a la vez lo verdadero que ha dejado de existir casi por todas partes o, en el mejor de los casos, se ha visto reducido al estado de una hipótesis que nunca puede ser demostrada. La falsedad sin réplica ha acabado por hacer desaparecer la opinión pública, que primero se encontró incapaz de hacerse oír y después, muy rápidamente, incapaz siquiera de formarse. Esto entraña, evidentemente, importantes consecuencias en la política, las ciencias aplicadas, la justicia, el conocimiento histórico y artístico.

La construcción de un presente en el que la misma moda, desde el vestuario a los cantantes, se ha inmovilizado, que quiere olvidar el pasado y que no parece creer en un futuro, se consigue mediante la incesante transmisión circular de la información, que gira continuamente sobre una lista muy sucinta de las mismas banalidades, anunciadas de forma apasionada como importantes noticias; mientras que sólo muy de tarde en tarde y a sacudidas, pasan las noticias realmente importantes, las relativas a aquello que de verdad cambia. Conciernen siempre a la condena que este mundo parece haber pronunciado contra sí mismo, las etapas de su autodestrucción programada. (…)

La primera intención de la dominación espectacular era hacer desaparecer el conocimiento histórico en general y, desde luego, la práctica totalidad de las informaciones y los comentarios razonables sobre el pasado más reciente. Una evidencia tan flagrante no necesita ser explicada. El espectáculo organiza con destreza la ignorancia de lo que sucede e, inmediatamente después, el olvido de lo que, a pesar de todo, ha llegado a conocerse. Lo más importante es lo más oculto. Después de veinte años no hay nada que haya sido recubierto con tantas mentiras como la historia de mayo de 1968. Sin embargo, se han extraído lecciones muy útiles de algunos estudios sin sombra de mistificación sobre esas jornadas y sus orígenes, pero son secreto de Estado.

En Francia, hace ya una decena de años, un presidente de la República, olvidado después pero que planeaba entonces sobre el espectáculo, expresaba ingenuamente la alegría que sentía «sabiendo que, en adelante, viviremos en un mundo sin memoria donde, como en la superficie del agua, la imagen hace desaparecer indefinidamente la imagen”. Resulta efectivamente cómodo para quien está en el tema; y sabe mantenerse en él. El fin de la historia es un placentero reposo para todo poder presente. Le garantiza absolutamente el éxito del conjunto de sus iniciativas, o al menos la repercusión del éxito.

Un poder absoluto suprime más o menos radicalmente la historia según que para hacerlo tenga intereses u obligaciones más o menos imperiosas y, sobre todo, en función de las facilidades prácticas de ejecución. Ts’in Che Hoang Ti hizo quemar libros pero no consiguió hacerlos desaparecer todos. Stalin llevó más lejos la realización de un proyecto semejante en nuestro siglo pero, a pesar de las complicidades de todo tipo que pudo encontrar fuera de las fronteras de su imperio, quedaba una amplia zona del mundo inaccesible a su policía donde se reían de sus imposturas. Lo espectacular integrado lo ha hecho mejor que ellos, con nuevos procedimientos y operando, esta vez, a nivel mundial. Ya no está permitido reírse de la ineptitud, que en todas partes se hace respetar; en cualquier caso se ha hecho imposible revelar que es objeto de risa.

El terreno de la historia era lo memorable, la totalidad de acontecimientos cuyas consecuencias habrían de manifestarse durante mucho tiempo. Era asimismo el conocimiento duradero y capaz de ayudar a comprender, al menos parcialmente, lo que iba a suceder: «una adquisición para siempre», dijo Tucídides. Por eso, la historia era la medida de una novedad verdadera; y a aquel que vende la novedad le interesa hacer desaparecer el medio de medirla. Cuando lo importante se reconoce socialmente como lo que es instantáneo y lo será aún en el instante siguiente y al otro y al otro, y que siempre reemplazará otra importancia instantánea, puede decirse que el medio empleado garantiza una especie de eternidad de esa no-importancia que grita tanto.

La valiosa ventaja que el espectáculo ha obtenido de este colocar fuera de la ley a la historia, de haber condenado a toda la historia reciente a pasar a la clandestinidad y de haber hecho olvidar, en general, el espíritu histórico en la sociedad, es, en primer lugar, ocultar su propia historia: el movimiento de su reciente conquista del mundo.

Su poder nos parece ya familiar, como si hubiera estado ahí desde siempre. Todos los usurpadores han querido hacer olvidar que acaban de llegar. (…)

Con la destrucción de la historia es el propio acontecimiento contemporáneo el que rápidamente se aleja a una distancia fabulosa, entre sus relatos inverificables, sus incontrolables estadísticas, sus explicaciones inverosímiles y sus razonamientos insostenibles. A todas las majaderías avanzadas espectacularmente, solamente los mediáticos podrían responder con respetuosas rectificaciones o redemostraciones, pero se muestran avaros al respecto, además de por su extrema ignorancia, por su solidaridad, de oficio y de corazón, con la autoridad general del espectáculo, y con la sociedad que exterioriza; es para ellos un deber y también un placer no desmarcarse jamás de esa autoridad, cuya majestad no debe ser lesionada. No hay que olvidar que todo mediático, ya sea por salario ya sea por otras recompensas o gratificaciones, tiene siempre un amo, a veces varios; y que todo mediático se sabe reemplazable.

Todos los expertos son mediáticos-estáticos y eso es lo único por lo que son reconocidos como expertos. Todo experto sirve a su amo, pues cada una de las antiguas posibilidades de independencia ha sido poco a poco reducida a nada por las condiciones de organización de la sociedad presente. El experto que mejor sirve es, sin duda, el que miente. Los que tienen necesidad del experto son, por diferentes motivos, el falsificador y el ignorante. Allí donde el individuo no reconoce nada por sí mismo será formalmente tranquilizado por el experto. (…)

Desde que se detenta el mecanismo de control sobre la única verificación social plena y universalmente reconocible, se dice lo que se quiere. El movimiento de la demostración espectacular se prueba simplemente andando en círculo: volviendo, reiterándose, sobre el único terreno en el que de ahora en adelante reside lo que puede afirmarse públicamente y tener crédito, puesto que será solamente de eso de lo que todo el mundo será testigo. Del mismo modo, la autoridad espectacular puede negar lo que sea, una vez, tres veces, y decir que no volverá a hablar de ello, y hablar de otra cosa; sabe que ya no se arriesga a ninguna otra réplica ni en su propio terreno ni en ningún otro. Pues ya no existe ágora, comunidad general; ni siquiera comunidades restringidas de cuerpos intermedios o de instituciones autónomas, salones o cafés para los trabajadores de una única empresa; ningún lugar donde el debate sobre las verdades que conciernen a los que están ahí, pueda liberarse de forma duradera de la aplastante presencia del discurso mediático y de las diferentes fuerzas organizadas para relevarlo. Actualmente ya no existe juicio, con garantía de relativa independencia, de aquellos que constituían el mundo erudito; de aquellos que en otra época fijaban su valor en una capacidad de verificación, permitiendo la aproximación a lo que se llamaba la historia imparcial de los hechos, la creencia al menos de que ésta merecía ser conocida. Ni siquiera existe ya verdad bibliográfica incontestable, y los resúmenes informatizados de los ficheros de las bibliotecas nacionales podrán suprimir tanto mejor las huellas. (…)

El espectáculo puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a partir de entonces. Como puede verse, las consecuencias prácticas son inmensas.

Se creía que la historia había aparecido en Grecia, con la democracia. Puede comprobarse que desaparece del mundo con ella.

Sin embargo, a esta lista de triunfos del poder hay que añadir un resultado para él negativo: un Estado en cuya gestión se instala de forma duradera un gran déficit de conocimientos históricos no puede ser conducido estratégicamente. (…)

La sociedad llamada democrática, una vez establecida en el estadio de lo espectacular integrado, parece ser admitida en todas partes como la realización de una perfección frágil. Así pues, no debe ser expuesta a ataques puesto que es frágil; por otra parte no es atacable puesto que es perfecta como jamás lo fue sociedad alguna. Es una sociedad frágil porque debe realizar un gran esfuerzo para dominar su peligrosa expansión tecnológica. Pero es una sociedad perfecta para ser gobernada; y la prueba de ello es que todos aquellos que aspiran a gobernar quieren gobernar en ella, con los mismos procedimientos, y mantenerla casi exactamente como es. Por primera vez en la Europa contemporánea, ningún partido ni fracción de partido intenta ya fingir que tratará de cambiar algo importante. La mercancía no puede ser criticada por nadie: ni como sistema general ni como una pacotilla determinada que a los empresarios les ha convenido colocar en ese momento en el mercado.

En todas partes donde reina el espectáculo las únicas fuerzas organizadas son aquellas que desean el espectáculo. Así pues, ninguna puede ser enemiga de lo que existe, ni transgredir la omertá que concierne a todo. Se ha acabado con aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada. Y esto no se ha conseguido con la aparición de nuevos argumentos sino simplemente porque los argumentos se han vuelto inútiles. Con este resultado se medirá, más que el bienestar general, la terrible fuerza de las redes de la tiranía.

Jamás la censura ha sido más perfecta. Jamás a aquellos a quienes en algunos países aún se les ha hecho creer que son ciudadanos libres; se les ha permitido menos dar a conocer su opinión, toda vez que se trata de una elección que afectará a su vida real. Jamás ha estado permitido mentirles con una falta de consecuencias tan perfecta. Se supone que el espectador lo ignora todo, que no merece nada. Quien siempre mira para saber la continuación, no actuará jamás: y ése debe ser el espectador. Con frecuencia se oye citar la excepción de EE.UU., donde Nixon acabó por padecer un día una serie de negaciones demasiado cínicamente chapuceras; pero esta excepción totalmente local, que tenía antiguas causas históricas, manifiestamente ha dejado de ser cierta, puesto que Reagan ha podido hacer recientemente lo mismo con impunidad. Todo lo que jamás ha sido sancionado está verdaderamente permitido. Resulta arcaico pues hablar de escándalo. Se atribuye a un relevante hombre de Estado italiano, instalado simultáneamente en el ministerio y en el gobierno paralelo llamado P2, Potere Due, una frase que resume profundamente la etapa en que -con un poco de adelanto Italia y EE.UU.- ha entrado el mundo entero: «Había escándalos, pero ya no los hay.» (…)

Esta democracia tan perfecta fabrica ella misma su inconcebible enemigo: el terrorismo. En efecto, quiere ser juzgada por sus enemigos antes que por sus resultados. La historia del terrorismo está escrita por el Estado; es pues educativa. Las poblaciones espectadoras no pueden saberlo todo sobre el terrorismo, pero siempre pueden saber lo suficiente como para ser persuadidas de que, comparándolo con éste, lo demás deberá parecerles más aceptable, en cualquier caso, más racional y democrático.

La modernización de la represión ha acabado de perfeccionarse en primer lugar en la experiencia piloto de Italia, bajo el nombre de «arrepentidos», acusadores profesionales jurados: lo que en su primera aparición en el siglo XVII, durante las revueltas de la Fronda, se llamó «testigos de oficio». Este espectacular progreso de la Justicia ha poblado las cárceles italianas de varios miles de condenados que expían una guerra civil que no ha tenido lugar, una especie de amplia insurrección armada que, por casualidad, no ha visto jamás llegar su hora, un putschismo compuesto de sueños.

Se puede destacar que la interpretación de los misterios del terrorismo parece haber introducido una simetría entre opiniones contradictorias; como si se tratara de dos escuelas filosóficas que profesaran construcciones metafísicas absolutamente antagónicas. Algunos no verían en el terrorismo nada más que algunas evidentes manipulaciones de los servicios secretos; otros, por el contrario, estimarían que a los terroristas solamente se les puede reprochar su total falta de sentido histórico. La aplicación de un poco de lógica histórica permitiría llegar rápidamente a la conclusión de que no hay ninguna contradicción en considerar que personas carentes de todo sentido histórico igualmente pueden ser manipuladas e incluso aún más fácilmente que otras. Es también más fácil llevar a «arrepentirse» a alguien a quien se puede demostrar que de antemano se conocía todo lo que él había creído hacer libremente. En las formas organizativas clandestinas de tipo militar se produce el siguiente efecto inevitable: basta con infiltrar a unos pocos individuos en algunos puntos de la red para hacer funcionar, y caer, a muchos. En estas cuestiones de valoración de las luchas armadas, la crítica debería analizar alguna vez una operación concreta, sin dejarse engañar por la similitud general que eventualmente todas pudieran revestir. (…)

La disolución de la lógica se ha perseguido por diferentes medios -acordes con los intereses fundamentales del nuevo sistema de dominación- y que han actuado siempre prestándose apoyo recíproco. Varios de esos medios sustentan la instrumentación técnica que ha experimentado y popularizado el espectáculo, pero otros se hallan más vinculados a la psicología de masas de la sumisión. (…)

El flujo de imágenes se lo lleva todo, y de igual manera es otro quien gobierna a su gusto ese resumen simplificado del mundo sensible, ese otro que escoge adónde debe ir esa corriente así como el ritmo de lo que debe manifestarse como perpetua sorpresa arbitraria, sin dejar tiempo para la reflexión e independientemente de lo que el espectador pueda pensar o comprender. En esa experiencia concreta de la sumisión permanente se halla la raíz psicológica de la adhesión generalizada a lo que está ahí que viene a reconocerle ipso facto un valor suficiente. El discurso espectacular calla, además de lo que es propiamente secreto, todo aquello que no le conviene. De lo que muestra aísla siempre el entorno, el pasado, las intenciones, las consecuencias. Es pues totalmente ilógico. Dado que ya nadie puede contradecirle, el espectáculo tiene derecho a contradecirse a sí mismo, a rectificar su pasado. La altanera actitud de sus servidores cuando dan a conocer una nueva versión, y quizá más engañosa todavía, de algunos hechos, es la de rectificar con dureza la ignorancia y las malas interpretaciones atribuidas a su público, mientras que son ellos mismos quienes la víspera se apresuraban a difundir ese error, con su acostumbrado aplomo. De este modo, las enseñanzas del espectáculo y la ignorancia de los espectadores aparecen indebidamente como factores antagonistas cuando, en realidad, provienen el uno del otro. El lenguaje binario del ordenador es otra irresistible incitación a admitir sin reservas lo que ha sido programado según el deseo del otro, y que se erige en fuente intemporal de una lógica superior, imparcial y total. ¡Qué rapidez y qué exuberancia de vocabulario para juzgarlo todo! ¿Político? ¿Social? Hay que escoger, si no es una cosa es otra. Mi elección se impone. Cuando nos lo dicen sabemos para qué sirven esas estructuras. No resulta sorprendente que desde muy temprano los alumnos empiecen con entusiasmo a dedicarse al Saber Absoluto de la Informática, en tanto que siempre son más ignorantes en cuanto a lectura, que exige un verdadero juicio a cada línea, y sólo ella puede hacernos acceder a la amplia experiencia humana antiespectacular. La conversación está casi muerta y pronto lo estarán muchos de los que saben hablar.

En el plano de los medios de pensamiento de las poblaciones contemporáneas, la primera causa de decadencia se refiere claramente al hecho de que ningún discurso difundido por medio del espectáculo da opción a respuesta; y la lógica sólo se ha formado socialmente en el diálogo. Cuando se ha extendido el respeto hacia aquel que habla desde el espectáculo, a quien se atribuye importancia, riqueza, prestigio, la autoridad misma, se extiende también entre los espectadores el deseo de ser tan ilógicos como el espectáculo como medio de mostrar un reflejo individual de esa autoridad.(…)

El individuo a quien ese pensamiento espectacular empobrecido ha marcado profundamente, y más que cualquier otro elemento de su formación, se coloca ya de entrada al servicio del orden establecido, en tanto que su intención subjetiva puede haber sido totalmente contraria a ello. En lo esencial se guiará por el lenguaje del espectáculo, ya que es el único que le resulta familiar: aquél con el que ha aprendido a hablar. Sin duda intentará mostrarse contrario a su retórica, pero empleará su sintaxis. Este es uno de los más importantes éxitos obtenidos por la dominación espectacular.

La rápida desaparición del vocabulario preexistente no es más que un estadio de esa operación a cuyo servicio está. (…)

El propio Mac Luhan, el primer apologista del espectáculo, que parecía el imbécil más convencido de su siglo, cambió de opinión al descubrir finalmente en 1976 que «la presión de los mass media empuja hacia lo irracional» y que era urgente moderar su uso. Con anterioridad el pensador de Toronto había pasado varios decenios maravillándose de las múltiples libertades que supondría esa «aldea planetaria» tan instantáneamente accesible a todos sin ningún esfuerzo. Las aldeas, al contrario que las ciudades, siempre han estado dominadas por el conformismo, el aislamiento, el control mezquino, el aburrimiento, los cotilleos repetidos sobre las mismas familias. Y de este modo se presenta en adelante la vulgaridad del planeta espectacular en que no es posible distinguir la dinastía de los Grimaldi-Mónaco o los Borbón-Franco de la que sustituyó a los Estuardo. Sin embargo ingratos discípulos intentan hoy hacernos olvidar a Mac Luhan y renovar sus primeros hallazgos emprendiendo a la vez una carrera en el elogio mediático de todas esas libertades que podrán «escogerse» aleatoriamente dentro de lo efímero. Y probablemente renegarán de ello más rápido que su inspirador. (…)

El espectáculo esconde sólo algunos de los peligros que rodean al maravilloso orden que ha establecido. Mientras la polución de los océanos y la destrucción de los bosques ecuatoriales amenazan la renovación de oxígeno de la tierra, la capa de ozono se ve afectada por el progreso industrial y las radiaciones de origen nuclear se acumulan irreversiblemente, el espectáculo concluye que todo eso carece de importancia. Sólo le interesan los datos y las dosis, le basta con eso para tranquilizar, cosa que a un espíritu preespectacular le hubiera parecido imposible. Los métodos de la democracia espectacular son de una gran flexibilidad, al contrario de la torpe brutalidad del diktat totalitario. Se puede cambiar el nombre de aquello que ha sido secretamente transformado (cerveza, buey, un filósofo). También se puede cambiar el nombre de aquello que ha sido secretamente continuado: por ejemplo en Inglaterra, la fábrica de retratamiento de residuos nucleares de Windscale ha propiciado el cambio de nombre de su localidad por el de Sellafield, con el fin de desviar mejor las sospechas tras un desastroso incendio que tuvo lugar en 1957. Pero ese retratamiento toponímico no ha impedido el aumento de la mortalidad por cáncer y leucemia en los alrededores. El gobierno británico -nos enteramos democráticamente treinta años más tarde- en el momento de producirse el accidente decidió guardar en secreto el informe de una catástrofe que juzgaba, no sin razón, de tal naturaleza que podía quebrar la confianza que el público concedía a lo nuclear.

Las prácticas nucleares -sean militares o civiles- requieren una dosis de secreto mayor que ningún otro tema aunque, como se sabe, en todos es muy necesario. Para facilitar la vida, es decir las mentiras, los sabios escogidos por los amos de este sistema han descubierto la utilidad de cambiar también las unidades de medida, de modificarlas según un mayor número de criterios, de refinarlas con el fin de poder trampear, según el caso, con varias de esas cifras difícilmente convertibles. Así, para evaluar la radiactividad se puede disponer de las unidades de medida siguientes: el curio, becquerel, el roétgen, el rad, el rem, sin olvidar el sencillo milirad y el sivert, que no es más que una unidad de cien rems. Esta serie recuerda las subdivisiones de la moneda inglesa, cuya complejidad resultaba muy dificil para los extranjeros, en los tiempos en que Sellafield todavía se llamaba Windscale. (…)

En junio de 1987, Pierre Bacher, director adjunto del equipo del EDF (Electricité de France), expuso la última doctrina respecto a la seguridad de las centrales nucleares. Dotándolas de válvulas y filtros es mucho más fácil evitar catástrofes mayores como la fisura o explosión del reactor, que afectaría al conjunto de una «región». Eso es lo que pasaría si se lo comprimiera en exceso. Es más conveniente que, cada vez que parezca que el reactor va a dispararse, se ejerza una ligera descompresión rociando una zona próxima de algunos kilómetros, extensión que cada vez será diferente y aleatoriamente ampliada según el capricho de los vientos. Los discretos análisis llevados a cabo en Caradoche, en Drôme, «han puesto de manifiesto que las fugas -esencialmente de gasno- superan en algunos por mil el peor uno por ciento de la radiactividad reinante en la zona. Ese peor se mantiene pues muy moderado: uno por ciento. Antes se estaba muy seguro de que no había riesgo salvo en caso de accidente, por supuesto imposible. Los primeros años de experiencia han modificado esa creencia y, en consecuencia, puesto que el accidente siempre es posible, lo que hay que evitar es que alcance un grado catastrófico, lo que resulta fácil; basta de contaminar interrumpidamente con moderación. (…)

Es una lástima que la sociedad humana tropiece con problemas tan candentes en el momento en que se ha hecho materialmente imposible hacer oír la más mínima objeción al discurso mercantil; precisamente porque, gracias al espectáculo, está a cubierto de tener que responder de sus decisiones y justificaciones fragmentarias o delirantes, cree que no tiene necesidad de pensar. Por convencido que sea el demócrata ¿no preferiría que se le hubieran escogido amos más inteligentes?

En la conferencia internacional de expertos que tuvo lugar en Ginebra en diciembre de 1986, simplemente era cuestión de prohibir mundialmente la producción de clorofluocarbono, el gas que, desde hace poco pero a marchas forzadas, está haciendo desaparecer la fina capa de ozono que -como se recordará- protege este planeta contra los efectos nocivos de la radiación cósmica. Daniel Verilhe, representante de la filial de Productos Químicos de Elf Aquitaine y que figuraba como tal en una delegación francesa firmemente opuesta a la prohibición, hacía una observación llena de sentido: «Se necesitan tres años para poner a punto posibles sustitutos y los costes pueden multiplicarse por cuatro.» Es sabido que esa fugitiva capa de ozono no pertenece a nadie ni tiene ningún valor comercial. La estrategia industrial ha conseguido pues que sus opositores se aperciban de toda su inexplicable despreocupación económica con esta referencia a la realidad: «Es muy aventurado basar una estrategia industrial en imperativos de tipo ambiental.»

Aquellos que hace ya mucho tiempo empezaron a criticar la economía política definiéndola como «la total negación del hombre» no se equivocaban, se puede reconocer en los rasgos descritos. (…)

Se dice que actualmente la ciencia se halla sometida a imperativos de rentabilidad económica, lo que siempre ha sido cierto. Lo que resulta nuevo es que la economía haya venido a hacerle abiertamente la guerra a los humanos, no solamente a sus condiciones de vida sino también a las de su supervivencia. En este momento el pensamiento científico ha optado, en contra de gran parte de su pasado antiesclavista, por servir a la dominación espectacular. Antes de llegar a este punto la ciencia poseía una relativa autonomía. Sabia pensar su parcela de realidad y de este modo contribuir inmensamente a aumentar los medios de la economía. Ahora que la todopoderosa economía se ha vuelto loca, y los tiempos espectaculares no son más que eso , ésta ha suprimido el último rastro de autonomía científica, tanto en el plano metodológico como en el de las condiciones prácticas de la actividad de los «investigadores». A la ciencia ya no se le pide que comprenda el mundo o lo mejore en algo. Se le pide que justifique inmediatamente todo lo que se hace. Tan estúpida en ese terreno como en todos los demás, que explota con la más ruinosa irreflexión, la dominación espectacular ha echado abajo el gigantesco árbol del conocimiento científico con la única finalidad de hacerse tallar un bastón. Para obedecer a esta última demanda social de una justificación manifiestamente imposible, vale más no saber pensar demasiado sino, por el contrario, estar bien entrenado en las comodidades del discurso espectacular. Y, efectivamente, es en esa carrera donde precisamente ha encontrado su más reciente especialización -con muy buena voluntad- la prostituida ciencia de estos días despreciables.

La ciencia de la justificación engañosa apareció de forma natural a partir de los primeros síntomas de decadencia de la sociedad burguesa, con la cancerosa proliferación de las pseudociencias llamadas «del hombre»; pero, en el caso de la medicina moderna, durante un tiempo pudo hacerse pasar por útil, aunque los que vencieron a la viruela o a la lepra no eran los mismos que rastreramente han capitulado entre las radiaciones nucleares o la química agroalimentaria. Se objeta rápidamente que hoy en día la medicina no tiene derecho a defender la salud de la población contra el entorno patógeno pues eso sería oponerse al Estado o, al menos, a la industria farmacéutica.

La actividad científica presente reconoce en qué se ha convertido y está obligada a callar. Por eso y por lo que, muy a menudo, tiene la simpleza de decir. Los profesores Even y Andrieu, del Hospital Laénnec, anunciaron en noviembre de 1985 -tras experimentar ocho días con cuatro enfermos- que quizá habían descubierto un remedio eficaz contra el SIDA; los enfermos murieron dos días después. Varios médicos, menos avanzados o quizá celosos, expresaron algunas reservas por la manera tan precipitada de correr a registrar lo que no era más que una engañosa apariencia de victoria horas antes del desastre. Even y Andrieu se defendieron sin inmutarse afirmando que «después de todo, más vale tener falsas esperanzas que ninguna». Eran incluso demasiado ignorantes para reconocer que ese argumento por sí solo constituía una completa abjuración del espíritu científico y que históricamente siempre había servido para cubrir los provechosos sueños de charlatanes y brujos; en los tiempos en que no se les confiaba la dirección de los hospitales.

Cuando la ciencia oficial, al igual que todo el resto del espectáculo social, se comporta de tal manera que, bajo una representación materialmente modernizada, enriquecida, no hace más que retomar las antiguas técnicas de los feriantes – ilusionistas, vendedores ambulantes y curanderos-, no puede sorprender ver la gran autoridad que adquieren, paralelamente y de algún modo por todas partes, los magos, las sectas, el zen envasado al vacío o la teología de los mormones. La ignorancia, que tan bien ha servido a los poderes establecidos, siempre ha sido, además, explotada por ingeniosas empresas al margen de la ley. (…)

El concepto, aún nuevo, de desinformación ha sido recientemente importado de Rusia junto a muchas otras investigaciones útiles para la gestión de los estados modernos. Es muy utilizado por un poder -o corolariamente por personas que ostentan un fragmento de autoridad económica o política para mantener lo establecido; y atribuyendo siempre a esa utilización una función contraofensiva. Lo que puede oponerse a una única verdad oficial debe ser necesariamente una desinformación emanada de potencias hostiles o al menos rivales, intencionadamente falseada por la malevolencia. La desinformación no es la simple negación de un hecho que conviene a las autoridades, o la simple afirmación de un hecho que no les conviene: a eso se le llamaría psicosis. Contrariamente a la pura mentira, la desinformación -y he aquí por qué el concepto resulta interesante para los defensores de la sociedad dominante- fatalmente debe contener una cierta dosis de verdad, pero deliberadamente manipulada por un hábil enemigo. El poder que habla de desinformación no se cree él mismo libre de defectos, pero sabe que podrá atribuir a cualquier crítica esa excesiva insignificancia que está en la naturaleza de la desinformación; y de esa manera jamás tendrá que reconocer un defecto propio.

La desinformación sería, en definitiva, el mal uso de la verdad, quien la lanza es culpable y quien la cree, imbécil. Pero ¿quién será pues el hábil enemigo? En este caso no puede ser el terrorismo, que no corre el riesgo de «desinformar» a nadie, puesto que está encargado de representar ontológicamente el error más burdo y menos admisible. Gracias a su etimología y a los recuerdos contemporáneos de los enfrentamientos que, hacia mediados de siglo, opusieron brevemente el Este al Oeste, espectacular concentrado y espectacular difuso, aún hoy el capitalismo de lo espectacular integrado finge creer que el capitalismo de burocracia totalitaria -a veces presentado incluso como la base oculta o la inspiración de los terroristas- sigue siendo su enemigo esencial, al igual que el otro dirá lo mismo del primero, a pesar de las innumerables pruebas de su alianza y profunda solidaridad. De hecho, todos los poderes establecidos, a despecho de rivalidades locales, y sin querer reconocerlo jamás, piensan continuamente lo que supo recordar un día -desde la subversión y sin demasiado éxito entonces- uno de los raros internacionalistas alemanes, después de comenzada la guerra de 1914: «El principal enemigo está en nuestro país.» Finalmente, la desinformación es el equivalente de lo que, en el discurso de la guerra social del siglo XIX representaban «las malas pasiones». Es todo lo que es oscuro y se arriesga a querer oponerse al extraordinario bienestar con que esta sociedad, como es sabido, beneficia a aquellos que le otorgan su confianza; bienestar que no podría pagarse con todos los riesgos o insignificantes sinsabores. Y todos los que ven ese bienestar en el espectáculo, admiten que no hay que escatimar en su coste; mientras, los otros desinforman.

Otra ventaja que se encuentra en el hecho de denunciar, explicándola así, una desinformación particular es que, en consecuencia, el discurso global del espectáculo no resultará sospechoso de contenerla, puesto que puede designar, con la más científica seguridad, el terreno en el que se halla la única desinformación: es todo lo que puede decirse y no le gusta. (…)

El concepto confusionista de desinformación se erige en vedette para rechazar instantáneamente, por el solo sonido de su nombre, toda critica que no hubieran hecho desaparecer las diversas agencias de la organización del silencio. Por ejemplo, si así fuera deseable, un día podría decirse que este escrito es una empresa de desinformación sobre el espectáculo; o bien, lo que sería lo mismo, de desinformación en detrimento de la democracia. (…)

Cuando aún había ideologías que se enfrentaban, que se proclamaban a favor o en contra de tal aspecto de la realidad, había fanáticos y embusteros, pero no «desinformadores». Cuando por respeto al consenso espectacular o, al menos, por una voluntad de vanagloria espectacular, no está permitido decir realmente aquello a lo que uno se opone o lo que se aprueba con todas sus consecuencias; cuando se topa a menudo con la obligación de disimular un aspecto que, por alguna razón, se considera peligroso dentro de lo que se supone debe admitirse, entonces se practica la desinformación; por atolondramiento, por olvido o por pretendido falso razonamiento. Y por ejemplo, en el terreno de la contestación después de 1968, los recuperadores incapaces a los que se llamó «pro-situs» fueron los primeros desinformadores, porque disimulaban tanto como les era posible las manifestaciones prácticas a través de las cuales se había afirmado la crítica que ellos se jactaban de adoptar; y, molestos si tenían que suavizar la expresión, no citaban jamás nada ni a nadie, para mantener la apariencia de que habían encontrado algo. (…)

Invirtiendo una famosa cita de Hegel yo escribía ya en 1967 que «en el mundo realmente trastocado, lo verdadero es un momento de lo falso». Los años transcurridos desde entonces han demostrado los progresos de ese principio en cada terreno particular sin excepción.

Así, en una época en que puede existir arte contemporáneo se hace difícil juzgar las artes clásicas. Aquí, como en todas partes, la ignorancia sólo se produce para ser explotada. Al mismo tiempo que se pierden simultáneamente el sentido de la historia y el gusto, se organizan redes de falsificación. Basta con tener a los expertos y a los tasadores, lo que es bastante fácil, y colarlo todo, porque, tanto en los asuntos de esta naturaleza como en definitiva en todos los demás, la venta es la que autentifica cualquier valor. Después son los coleccionistas o los museos, sobre todo americanos, quienes, atiborrados de falso, tendrán interés en mantener la buena reputación, al igual que el Fondo Monetario Internacional mantiene la ficción del valor positivo de las inmensas deudas de cien naciones.

Lo falso forma el gusto, y sostiene lo falso, haciendo desaparecer, a sabiendas, la posibilidad de referencia a lo auténtico. En cuanto es posible se rehace incluso lo verdadero para que se parezca a lo falso. Los americanos, aun siendo los más ricos y los más modernos, han sido las principales víctimas de este comercio de lo falso en arte. Y son precisamente ellos quienes financian los trabajos de restauración de Versailles o de la Capilla Sixtina. Por eso los frescos de Miguel Angel adquirirán los vivos colores de una historieta, y los auténticos muebles de Versailles, ese brillo del dorado que los hará muy parecidos al falso mobiliario de época Luis XIV costosamente importado a Texas.

El juicio de Feuerbach sobre el hecho de que su tiempo prefería «la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad», ha sido enteramente confirmado por la época del espectáculo, y ello en algunos terrenos en los que el siglo XIX quiso mantenerse al margen de lo que constituía ya su verdadera naturaleza: la producción industrial capitalista. Así es como la burguesía propagó el riguroso espíritu del museo, del objeto original, de la crítica histórica exacta, del documento auténtico. Pero hoy en todas partes lo artificial tiende a reemplazar a lo verdadero. En este momento la polución originada por el tráfico obliga a sustituir los caballos de Marly o las estatuas romanas del pórtico de Saint-Trophime por réplicas en plástico. En definitiva, todo será más bonito que antes, para ser fotografiado por los turistas. (…)

Nuestra sociedad se basa en el secreto, desde las «sociedades pantalla» que ponen a cubierto los bienes concentrados de los poseedores, hasta el «secreto-defensa» que cubre actualmente un inmenso espacio de plena libertad extrajudicial del Estado; desde los secretos, a menudo pavorosos, de la fabricación pobre, que se esconden tras la publicidad, hasta las proyecciones de las variantes del futuro extrapolado, sobre las cuales la dominación lee por sí sola el progreso más probable de lo que afirma no tener ninguna clase de existencia, calculando las respuestas que aportará misteriosamente. A este respecto pueden hacerse algunas observaciones.

Tanto en las grandes ciudades como en algunos espacios reservados del campo, hay siempre un gran número de lugares inaccesibles, es decir, guardados y protegidos de toda mirada; colocados fuera del alcance de la curiosidad inocente y fuertemente abrigados del espionaje. Sin ser todos propiamente militares, se ciñen a ese modelo para colocarse más allá de cualquier riesgo de control por parte de paseantes o habitantes, o incluso por parte de la policía que, desde hace tiempo, ha visto cómo sus funciones se reducían a las de vigilancia y represión de la delincuencia más común.

Así en Italia, cuando Aldo Moro fue secuestrado por Potere Due, no estaba retenido en un edificio más o menos difícil de localizar sino simplemente impenetrable.

Cada vez hay un mayor número de hombres formados para actuar en el secreto; instruidos y entrenados para no hacer más que eso. Se trata de los destacamentos especiales de hombres armados de archivos reservados, es decir, de observaciones y análisis secretos. Otros disponen de diversas técnicas para la explotación y manipulación de esos asuntos secretos. (…).

Esos hombres, especializados en la vigilancia y la influencia, cuentan cada vez con más medios y encuentran, además, circunstancias generales que les son progresivamente más favorables. Cuando, por ejemplo, las nuevas condiciones de la sociedad de lo espectacular integrado han obligado a su crítica a ser realmente clandestina -no porque ésta se esconda sino porque está oculta bajo la pesada puesta en escena del pensamiento del divertimiento-, los que están encargados de vigilar esa critica, y necesitan desmentirla, en última instancia pueden utilizar contra ella los recursos tradicionales en el medio clandestino: provocación, infiltración, y diversas formas de eliminación de la crítica auténtica en provecho de una falsa que habrá podido establecerse a ese efecto. La incertidumbre crece cuando, a propósito de ello, la impostura general del espectáculo se enriquece con la posibilidad de recurrir a mil imposturas particulares. Un crimen sin explicación puede llamarse también suicidio, sea en prisión o en cualquier otra parte; la disolución de la lógica permite investigaciones y procesos que caen en picado en lo irracional y que, con frecuencia, son falseados desde el principio por extravagantes autopsias que practican singulares expertos.

Desde hace mucho tiempo es normal ver en todas partes cómo se ejecuta sumariamente a toda clase de gente. Los terroristas conocidos, o considerados como tales, son combatidos abiertamente de manera terrorista. El Mossad mata a Abou Jihad o los S.A.S. ingleses a irlandeses, o la policía paralela de los GAL a vascos. Aquellos a quienes se manda asesinar por supuestos terroristas no son escogidos al azar, pero, en general, es imposible estar seguro de conocer los motivos. Se sabe que la estación de Bolonia voló para que Italia siga estando bien gobernada, y qué son los «escuadrones de la muerte» en Brasil, y que la Mafia puede incendiar un hotel en Estados Unidos para apoyar un rackett. Pero ¿cómo saber para qué han podido servir en realidad los «locos asesinos de Brabante»? Es muy difícil aplicar el principio cui prodest en un mundo en el que tantos intereses activos están tan bien escondidos. Así pues, bajo lo espectacular integrado, se vive y muere en el punto de confluencia de un gran número de misterios.

Los rumores mediático-policiales adquieren al instante, o en el peor de los casos tras haber sido repetidos tres o cuatro veces, el peso indiscutible de pruebas históricas seculares. (…)

Yendo más a fondo, en este mundo oficialmente tan lleno de respeto por todas las necesidades económicas, nadie sabe jamás lo que cuesta verdaderamente cualquier cosa que se produce: efectivamente, la parte más importante del coste real jamás se calcula; el resto se mantiene en secreto.

A comienzos del año 1988 el general Noriega se hizo mundialmente famoso en un instante. Era dictador sin título del Panamá, país sin ejército, donde mandaba la Guardia Nacional. (…) Noriega había hecho su carrera, en esto idéntica a la de Jaruzelski en Polonia, como general-policía al servicio del ocupante. Era importador de droga de los Estados Unidos, pues Panamá no produce la suficiente, y exportaba a Suiza sus capitales «panameños». Había trabajado con la CIA contra Cuba y, para disponer de la tapadera adecuada a sus actividades económicas, también había denunciado ante las autoridades norteamericanas, tan obsesionadas con ese problema, a cierto número de rivales suyos en la importación. Su principal consejero en materia de seguridad, que provocaba la envidia de Washington, era el mejor del mercado: Michael Harari, antiguo oficial del Mossad, el servicio secreto de Israel. Cuando los americanos quisieron deshacerse del personaje de Noriega porque algunos tribunales norteamericanos imprudentemente lo habían condenado, Noriega se declaró dispuesto a defenderse durante mil años, por patriotismo panameño, contra su pueblo en rebelión y contra el extranjero; recibió rápidamente la aprobación pública de los dictadores burocráticos más austeros, los de Cuba y Nicaragua, en nombre del antiimperialismo.

Lejos de ser una singularidad exclusivamente panameña, este general Noriega, que vende todo y simula todo en un mundo que hace lo mismo en todas partes, es, como persona, como hombre de Estado, como general, como capitalista, totalmente representativo de lo espectacular integrado, y de los logros que este último consigue en las más variadas direcciones de su política interior e internacional. Es un modelo de príncipe de nuestro tiempo; y entre aquellos que se dedican a llegar y permanecer en el poder, donde quiera que éste pueda estar, los más capaces se le parecen mucho. No es Panamá lo que produce tales maravillas, es esta época. (…)

En el momento en que casi todos los aspectos de la vida política internacional, y un número creciente de los que cuentan en política interior, son guiados y mostrados al estilo de los servicios secretos, con engaños, con desinformación, doble explicación -que puede ocultar otra, o solamente parecerlo-, el espectáculo se limita a dar a conocer el mundo agotador de lo incomprensible obligatorio, una aburrida serie de novelas policíacas carentes de vida y en las que siempre falta la conclusión. Entonces es cuando la escenificación realista de un combate de negros, de noche, en un túnel, aparece como un recurso dramático.

La imbecilidad cree que todo está claro cuando la televisión muestra una imagen bella y la comenta con una mentira. La semielite se contenta con saber que casi todo es oscuro, ambivalente, «montado» en función de códigos desconocidos. Una elite más restringida querría saber lo verdadero, muy difícil de distinguir claramente en cada caso, a pesar de todos los datos reservados y todas las confidencias de que pueda disponer. Porque esa elite quisiera conocer el método de la verdad, aunque esa voluntad suya está por regla general abocada al fracaso. (…)

El secreto domina el mundo y, en primer lugar, lo hace como secreto de la dominación. Según el espectáculo, el secreto no sería más que una excepción necesaria a la regla de la información abundantemente ofrecida en toda la superficie de la sociedad, al igual que la dominación en «este mundo libre» de lo espectacular integrado, se reduciría a no ser más que un departamento ejecutivo al servicio de la democracia. Pero nadie se cree verdaderamente el espectáculo. ¿Cómo aceptarían los espectadores la existencia del secreto, que por sí solo hace que no puedan administrar un mundo del que ignoran las principales realidades, si, como gesto extraordinario, se les pidiera de verdad su opinión sobre la manera de hacerlo? Es un hecho que el secreto no se le aparece a casi nadie en su pureza inaccesible y en su generalidad funcional. Todos admiten que inevitablemente haya una pequeña zona de secreto reservado a los especialistas; y, por regla general, muchos creen estar en el secreto.

La Boétie, en su Discours sur la servidute volontaire, ha mostrado cómo el poder de un tirano debe hallar numerosos apoyos entre los círculos concéntricos de individuos que en él encuentran, o creen encontrar, su provecho. Igualmente muchos de entre los políticos o los mediáticos que se jactan de que no se les puede tachar de irresponsables, conocen muchas cosas por relaciones y confidencias. Quien está contento en el secreto apenas lo critica, ni es consciente de que, en todas las confidencias, la parte principal de la realidad siempre le será ocultada. Por la benévola protección de los tahúres conoce algunas cartas, pero pueden ser falsas; y el método dirigente jamás explica el juego. Se identifica enseguida con los manipuladores y desprecia la ignorancia que en el fondo comparte. Las migajas de información que se les ofrecen a esos parientes de la tiranía del engaño, normalmente están infectadas de mentira, son incontrolables, manipuladas. Sin embargo resultan placenteras para aquellos que acceden a ellas, puesto que les hace sentirse superiores a todos los que no saben nada. Sólo sirven para conseguir más fácilmente la aprobación de la dominación y jamás para comprenderla de manera efectiva. Constituyen el privilegio de los espectadores de primera clase: los que cometen la estupidez de creer que pueden comprender algo, no sirviéndose de lo que se les oculta sino ¡creyendo en lo que se les revela! (…)

En enero de 1988, la Mafia colombiana de la droga publica un comunicado destinado a modificar la opinión pública sobre su pretendida existencia. La mayor exigencia de una Mafia, allí donde pueda estar constituida es, naturalmente, establecer que no existe o que ha sido víctima de calumnias poco científicas; ése es su primer parecido con el capitalismo. Pero, en este caso, esa Mafia irritada por ser la única a la que se ponía en evidencia llegó a mencionar a los otros grupos que querían hacerse olvidar tomándola abusivamente como chivo expiatorio. Declaraba: «Nosotros no pertenecemos a la mafia burocrática y política, ni a la de los banqueros y financieros, ni a la de los millonarios, ni a la mafia de los grandes contratos fraudulentos, los monopolios o el petróleo, ni a la de los grandes medios de comunicación.»

Sin duda puede considerarse que los autores de esta declaración, como los otros, tienen interés en verter sus propias prácticas en el amplio río de aguas turbulentas de la criminalidad y las ilegalidades más corrientes, que riega en toda su extensión la sociedad actual, pero también hay que convenir que se trata de personas que, por profesión, saben mejor que otras de qué están hablando. En todos los ámbitos de la sociedad moderna, la Mafia funciona cada vez mejor. Crece tan rápido como los otros productos del trabajo por medio de los cuales la sociedad de lo espectacular integrado conforma su mundo. La Mafia se engrandece con los inmensos progresos de los ordenadores y la alimentación industrial, con la completa reconstrucción urbana y con las chabolas, con los servicios especiales y el analfabetismo. (…)

Sin duda es en Italia donde -de regreso de sus experiencias y conquistas americanas- la Mafia ha adquirido mayor fuerza: desde la época de su compromiso histórico con el gobierno paralelo se ha encontrado en situación de mandar asesinar a jueces de instrucción o a jefes de policía, práctica que había podido inaugurar con su participación en las escaladas de «terrorismo» político. La similar evolución del equivalente japonés de la Mafia, en condiciones relativamente independientes, demuestra claramente la unidad de la época.

Es una equivocación querer explicar nada oponiendo la Mafia al Estado: nunca son rivales. La teoría verifica con facilidad lo que todos los rumores de la vida práctica habían demostrado demasiado fácilmente. La Mafia no es ajena al mundo; está perfectamente integrada en él. En el momento de lo espectacular integrado, la Mafia reina como el modelo de todas las empresas comerciales avanzadas. (…)

De las redes de promoción-control se resbala insensiblemente a las de vigilancia-desinformación. En otras épocas se conspiraba siempre contra un orden establecido. Hoy en día conspirar a favor es un nuevo oficio de gran futuro. Bajo la dominación espectacular, se conspira para mantenerla y para asegurar lo que sólo ella podrá denominar su buena marcha. Esta conspiración forma parte de su propio funcionamiento. (…)

Los servicios secretos eran llamados por toda la historia de la sociedad espectacular a desempeñar el papel de eje central; ya que en ellos se concentran, en su mayor grado, las características y los medios de ejecución de una sociedad similar. Son también los encargados de arbitrar los intereses generales de esa sociedad, aunque bajo su modesto título de «servicios». No se trata de abuso puesto que ellos expresan fielmente las costumbres ordinarias del siglo del espectáculo. Y es así como vigilantes y vigilados huyen sobre un océano sin orillas. El espectáculo ha hecho triunfar el secreto y deberá permanecer para siempre en manos de los especialistas del secreto, que, desde luego, no son funcionarios que vienen a independizarse a diferentes niveles del control del Estado; que no son todos funcionarios. (…)

Una ley general de funcionamiento de lo espectacular integrado, al menos para quienes lo dirigen, es que, en ese marco, todo lo que puede hacerse debe ser hecho. Es decir que todo nuevo instrumento debe ser empleado, cueste lo que cueste. El útil novedoso se convierte en todas partes en el fin y motor del sistema; y será el único que podrá modificar perceptiblemente su marcha cada vez que su empleo sea impuesto sin más reflexión. En efecto, los propietarios de la sociedad quieren, ante todo, mantener una cierta «relación social entre las personas», pero también tienen que perseguir la renovación tecnológica incesante; ésa ha sido una de las obligaciones que han aceptado con su herencia. Esta ley se aplica de igual manera a los servicios que protegen la dominación. El instrumento que se ha puesto a punto debe ser empleado y su empleo reforzará las mismas condiciones que favorecen ese empleo. De este modo es como los procedimientos de urgencia se convierten en procedimientos cotidianos.

La coherencia de la sociedad del espectáculo de alguna manera ha dado la razón a los revolucionarios, puesto que se ha visto claramente que no se puede reformar el detalle más insignificante sin deshacer el conjunto. Pero, a la vez, esa coherencia ha suprimido cualquier tendencia revolucionaria organizada suprimiendo los terrenos sociales donde ésta había podido expresarse mejor o peor: del sindicalismo a los diarios, de la ciudad a los libros. De una sola vez ha podido ponerse en evidencia la incompetencia y la irreflexión de las que esa tendencia era portadora natural. Y, en el plano individual, la coherencia reinante es muy capaz de eliminar, o comprar, algunas eventuales excepciones. (…)

La vigilancia podría ser mucho más peligrosa si, en el camino del control absoluto de todos, no hubiera sido empujada hasta un extremo en que se encuentra con dificultades surgidas de sus propios progresos. Hay contradicción entre la masa de las informaciones relativas a un número creciente de individuos y el tiempo e inteligencia disponibles para analizarlos; o simplemente para analizar su interés. La abundancia de la materia obliga a resumirla a cada etapa: una gran parte desaparece y el resto aún es demasiado largo para ser leído. El uso de la vigilancia y la manipulación no está unificado. En todas partes se lucha para combatir los beneficios, y por tanto también para el desarrollo prioritario de tal o cual virtualidad de la sociedad existente, en detrimento de todas sus otras virtualidades que, sin embargo, y aunque sean de la misma especie, son consideradas igualmente respetables.

Se lucha también por juego. Todos los oficiales son llevados a sobrevalorar a sus agentes y también a los adversarios de los que se ocupan. Todos los países, sin tener en cuenta las numerosas alianzas supranacionales, poseen en la actualidad un número indeterminado de servicios de policía o contraespionaje, y de servicios secretos, estatales o paraestatales. Existen también muchas compañías privadas que se ocupan de vigilancia, protección, informes. Las grandes firmas multinacionales naturalmente tienen sus propios servicios; pero también las empresas nacionalizadas, incluso las de dimensiones modestas que no llevan una política menos independiente en el plano nacional e incluso internacional. Puede verse a un grupo industrial nuclear enfrentarse a un grupo petrolero, aunque uno y otro sean propiedad del mismo Estado y, lo que es más, estén dialécticamente unidos por su dedicación a mantener elevada la carrera del petróleo en el mercado mundial. Todo servicio de seguridad de una industria particular combate el sabotaje en ella y, en caso de necesidad, lo organiza en la industria rival: quien tiene grandes intereses en un túnel submarino es favorable a la inseguridad de los ferry-boats y puede pagar a diarios en apuros para destacarla a la primera ocasión y sin pensárselo demasiado; quien compite con Sandoz es indiferente a las capas freáticas del valle del Rhin. Se vigila secretamente lo que es secreto, de manera que cada uno de esos organismos, confederados con mucha sutileza en torno a aquellos que ostentan la razón de Estado, aspira por su propia cuenta a una especie de hegemonía privada de sentido. Pues el sentido se ha perdido con el centro conocible.

La sociedad moderna que, hasta 1968, iba de éxito en éxito, y estaba convencida de que era amada, a partir de entonces ha tenido que renunciar a esos sueños; prefiere ser temible. (…)

Así, miles de complots en favor del orden establecido se enredan y combaten un poco por todas partes con la imbricación cada vez más exagerada de las redes y las cuestiones o acciones secretas; y su proceso de rápida integración en cada rama de la economía, la política, la cultura. La mezcolanza entre observadores, desinformadores, asuntos especiales, aumenta continuamente en todas las áreas de la vida social. El complot general se ha hecho tan denso que casi resulta evidente a la luz del día y cada una de sus ramas puede empezar a molestar o inquietar a la otra, pues todos esos conspiradores profesionales llegan a observarse sin saber exactamente por qué, o se encuentran por casualidad sin poder reconocerse con seguridad. ¿Quién quiere observar a quién? ¿Por cuenta de quién, en apariencia? ¿Y de verdad? Las verdaderas influencias permanecen ocultas y las intenciones últimas sólo pueden sospecharse con dificultad, pero casi nunca comprenderse. De manera que nadie puede decir que no ha sido engañado o manipulado, pero en algunos raros instantes el propio manipulador ignora si ha ganado. Y, por otra parte, encontrarse del lado vencedor de la manipulación no quiere decir que se haya escogido correctamente la perspectiva estratégica. Así es como aciertos tácticos pueden conducir grandes fuerzas hacia vías equivocadas.

En una misma red, persiguiendo aparentemente el mismo fin, aquellos que no constituyen más que una parte de la red son obligados a ignorar todas las hipótesis y conclusiones de otras partes y, sobre todo, de su núcleo dirigente. El hecho, bastante notorio, de que todos los informes sobre cualquier tema puedan ser completamente imaginarios, o gravemente falseados, o interpretados muy inadecuadamente en un amplio margen, complica y hace poco seguros los cálculos de los inquisidores; puesto que lo que basta para condenar a alguien no es tan de fiar cuando se trata de conocerlo o de utilizarlo. Dado que las fuentes de información son rivales, las falsificaciones también lo son. (…)

Finalmente, su principal contradicción actual es que vigila, infiltra, influye a un partido ausente: aquel al que se atribuye querer subvertir el orden social. Pero ¿dónde se le ve actuar? Es cierto que las condiciones jamás han sido tan gravemente revolucionarias en todas partes, pero sólo los gobiernos lo creen así. La negación ha sido tan perfectamente desposeída de su pensamiento, que desde hace mucho tiempo se halla dispersada. Por ello ya no constituye más que una vaga amenaza aunque muy inquietante; y la vigilancia, a su vez, ha sido privada del mejor campo para su actividad. Esta fuerza de vigilancia y de intervención está dirigida precisamente por las necesidades presentes que llevan las condiciones de su compromiso sobre el propio terreno de la amenaza para combatirla con anticipación. (…)

La aparición de la dominación espectacular constituye una transformación social tan profunda que ha cambiado radicalmente el arte de gobernar. Esa simplificación que tan rápidamente ha conseguido tales resultados en la práctica, no ha sido aún plenamente comprendida en la teoría. Antiguos prejuicios desmentidos por todas partes, precauciones que se han vuelto inútiles e incluso restos de escrúpulos de otros tiempos, obstaculizan todavía, en el pensamiento de numerosos gobernantes, esta comprensión que toda práctica establece y confirma cada día. No solamente se hace creer a los sujetos que, en lo esencial, aún están en un mundo que se ha hecho desaparecer, sino que los propios gobernantes experimentan a veces la inconsecuencia de creerse en él. Piensan en una parte de lo que han suprimido como si continuara siendo una realidad que debiera seguir presente en sus cálculos. Ese desfase no se prolongará mucho. Quien ha podido hacer tanto sin pena, forzosamente irá más lejos. No hay que creer que puedan mantenerse alrededor del poder real de forma duradera, como un arcaismo, aquellos que no hayan comprendido con suficiente rapidez la plasticidad de las nuevas reglas de su juego y esa bárbara grandeza suya. El destino del espectáculo ciertamente no es acabar en despotismo ilustrado.

Hay que concluir que es inminente e inevitable un relevo en la casta corporativa que administra la dominación, y especialmente dirige la protección de esa dominación. Con toda seguridad, en tal materia la novedad jamás será expuesta en la escena del espectáculo. Sólo aparece como el rayo, que se reconoce por sus consecuencias. Ese relevo que va a concluir decisivamente la obra de los tiempos espectaculares opera de forma discreta aunque implicando conspirativamente a personas ya instaladas en la esfera misma del poder. Selecciona a los que tomarán parte sobre esta premisa principal: que sepan claramente de qué obstáculos se han librado y de lo que son capaces. (…)

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