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8 agosto, 2012 / Noógrafo

[Anton Pannekoek] Para luchar contra el capital hay que luchar también contra el sindicato. (V)

V [Consejos o Estado]

El socialismo que nos ha transmitido el siglo XIX no era más que la creencia en una misión social atribuida a los jefes socialistas y a los politicastros profesionales: transformar el capitalismo en un sistema económico puesto bajo la dirección del Estado, exento de toda forma de explotación y que diese a todo el mundo la posibilidad de vivir en la abundancia. El inicio y el fin de la lucha de clases era que el único medio que tenían los obreros de conquistar la libertad consistia en llevar a estos socialistas al gobierno.

¿Por qué ésto no se verificó? Porque el insignificante gesto que se hacia durante el breve peso por una cabina electoral no tenía apenas relación con una lucha de clase real. Porque los politicastros socialistas querían luchar por sí solos contra el inmenso poder de la clase capitalista, mientras las masas trabajadores, reducidas al rango de espectadores pasivos, contaban con este puñado de hombres para transformar el mundo. ¿Cómo era posible que, así las cosas, los politicastros no se hubiesen abandonado a la rutina, siempre dispuestos a justificarla, a sus ojos, por haber remediado, con medidas legislativas, los abusos más escandalosos? Hoy es evidente que el socialismo, en el sentido de gestión estatal y planificada de la economía, corresponde al socialismo de Estado, y que el socialismo en el sentido de emancipación de los trabajadores, exige un cambio total de orientación. La nueva orientación del socialismo consiste en la autogestión de la producción, en la autogestión de la lucha de clase por medio de los consejos obreros.

Las transformaciones económicas producen sólo poco a poco cambios de mentalidad. Educados a creer en el socialismo, los obreros se hallan completamente desconcertados al ver que éste conduce ahora a resultados totalmente opuestos, a un empeoramiento de la esclavitud. Es realmente duro llegar a comprender que el socialismo y el comunismo se han convertido en sinónimos de doctrinas de sujección. La nueva orientación no puede afirmarse de la noche a la mañana, requiere tiempo: es posible que sólo la nueva generación sea capaz de darse cuenta de su necesidad en toda su amplitud.

Al terminar la primera guerra mundial, la revolución internacional parecía inminente; la clase obrera se alzaba con la gran esperanza de ver sus viejos sueños transformados en realidad. Pero eran suefios de libertad parcial, y por ello no podían realizarse.

Actualmente, es decir, después de la segunda guerra mundial, sólo la esclavitud y el exterminio parecen inminentes; los días de esperanza están lejanos, pero emerge confusamente una tarea, que es el gran objetivo a cumplir, la auténtica libertad.

Más poderoso que nunca, el capitalismo se afirma como patrón del mundo. Más poderosa que nunca, la clase obrera debe afirmarse en su propia lucha para dominar el mundo. El capitalismo ha descubierto formas de represión más poderosas que nunca. La clase obrera debe descubrir y servirse de formas de lucha más poderosas que nunca.

Hace un siglo, cuando los obreros constituian una pequeña clase de individuos pisoteados y reducidos a la impotencia resonaba la consigna: “¡Proletarios de todos los países, uníos! No tenéis otra cosa que perder que vuestras cadenas, y tenéis todo un mundo a vuestro alcance”. Desde entonces los obreros se han convertido en la clase más numerosa de la sociedad: se han unido, pero de un modo todavía imperfecto. Solamente han formado grupos, grandes o pequeños, pero no han logrado todavía su unidad como clase. Se han unido de una forma superficial, externa, pero no en esencia, en profundidad. Y, sin embargo, siguen sin tener otra cosa que perder que sus cadenas; y lo que, por otra parte, pudiesen perder, tampoco lo perderían precisamente luchando, sino sometiéndose temerosamente. El mundo que está a su alcance empieza a ser vagamente entrevisto. En otro tiempo, los trabajadores no podían representarse claramente ningún objetivo capaz de unirles, y por ello sus organizaciones acabaron convirtiéndose en instrumentos del b capitalismo. Hoy, el objetivo se delinea más claramente; frente a un dominio reforzado por medio de una economía planificada bajo la autoridad del Estado, se encuentra lo que Marx llamaba la asociación de los productores libres e iguales. Es preciso unir, a la llamada a la unidad, una indicación sobre el objetivo: ¡Tomad las fábricas y las máquinasl ¡Imponed vuestro poder sobre el aparato productivo! ¡Organizad la producción por medio de consejos obreros!

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