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8 octubre, 2011 / Noógrafo

BARRICADAS ENTRE LOS ESTANTES. Posturas anarquistas dentro de la bibliotecología, de Edgardo Civallero

Extraido de: Edgardo Civallero, BARRICADAS ENTRE LOS ESTANTES. Posturas anarquistas dentro de la bibliotecología. Astrolabio, Revista Virtual, Centro de Estudios Avanzados de la UNC, número 4, 11/09/06. En http://www.astrolabio.unc.edu.ar/articulos/bordes/articulos/civallero.php

Resumen

El poder de la información y, sobre todo, el que contienen y representan los soportes escritos, han sido controlados, manejados e influidos a lo largo de toda la historia humana por los poderes e ideologías dominantes. El actual paradigma de “Sociedad de la información” perpetúa tales políticas, generando profundos desequilibrios en el libre acceso al saber y, por ende, en las posibilidades de desarrollo y progreso de las sociedades humanas.

La bibliotecología ha sido partícipe (in)consciente de tales procesos de exclusión, desde su posición de gestora de la memoria colectiva de la humanidad. Desde un conjunto de corrientes de pensamiento alternativas –entre las cuales destaca el anarquismo bibliotecológico, cuyos lineamientos pretenden presentarse a lo largo del presente artículo- se propone una redefinición del modelo de sociedad de la información vigente, generando propuestas que conduzcan a un reparto equilibrado de los beneficios que aporta el conocimiento, patrimonio intangible universal de toda la especie.

La información y el poder

La información ha sido, desde el amanecer de la historia humana, un factor de poder. En las sociedades de tradición oral, el manejo de cierta categoría de conocimiento esencial para la vida de la comunidad –calendarios y medición del tiempo, ciclos agrícolas, salud, etcétera- quedaba reservado a ciertas clases sociales o a un grupo limitado de “iniciados”. El surgimiento y desarrollo de los distintos sistemas de escritura –controvertidos fenómenos que probablemente acontecieron en forma simultánea en distintos puntos del planeta– proporcionó una herramienta poderosa que permitió asentar el conocimiento en un soporte material, facilitando una gestión más eficiente del mismo y evitando confiar su supervivencia a la memoria –siempre lábil y subjetiva– de cualquier individuo1.

Sin embargo, también permitieron controlar la información, almacenarla y vedar su acceso, de acuerdo a los deseos e ideologías de las clases dominantes. De hecho, la mayor parte de las teorías arqueo-históricas relacionadas con el origen de la escritura apuntan hacia razones administrativas, religiosas o políticas (Wilford, 1999), relegando las razones sociales y artísticas a un segundo plano. Los propios sistemas de codificación escrita, manejados por una minoría que debía completar una larga formación especializada para dominarlos, presentaban, de por sí, una barrera inicial casi infranqueable ante cualquier deseo de acceder a la información.

Los escribientes –sacerdotes, funcionarios, escribas– estaban a las órdenes de los poderes de turno, a los cuales loaban (Sumeria, Persia, Mesoamérica), administraban (Mari, Nínive, Ugarit) o servían (Roma, Grecia, Babilonia). La palabra escrita tenía poder y origen divino (Mesoamérica, China, Mesopotamia, Egipto), abría las puertas del Más Allá2 o transmitía la palabra verdadera, desacreditando otras posibles opciones (textos religiosos).

La profesión de escriba adquirió, en el mundo antiguo, un apreciable status3. Archivos y bibliotecas (almacenes primarios de la información escrita) se convirtieron en puntos estratégicos, cuya destrucción era prioritaria en caso de ataque o conquista4. Así lo demuestran los tristemente célebres ejemplos mesopotámicos, perpetuados en Sarajevo en pleno siglo XX. Se destruía la memoria del pueblo5 y sus fuentes de poder6. Los escribientes no corrían mejor suerte: algunos frescos mayas de Bonampak (actual Guatemala) representarían la sangrienta toma de una ciudad y el castigo que sufrían los perdedores, sus manos amputadas para que no pudieran volver a plasmar las grandezas de poderes caídos o las memorias de pueblos vencidos.

La información ha sido, pues, factor de poder, y uno de los elementos de mayor importancia a lo largo de la historia del hombre, así como el más influido por las ideologías (Fulford, 1994). Con el desarrollo de los libros como formato estándar, y el de los sistemas de impresión en Europa (mediados del siglo XV), el conocimiento comenzó a ser objeto de (re)producción masiva, de compra y de venta. Se transformó en un bien de consumo más, y dejó de pertenecer (si es que alguna vez lo hizo) a la comunidad, para concentrarse en los estantes de las grandes bibliotecas (colecciones semi-museísticas de ejemplares lujosamente encuadernados) y en las manos de élites socio-políticas e intelectuales.

La evolución de los sistemas de almacenamiento, reproducción y transmisión de datos –que desembocó en el nacimiento de la “sociedad de la información” post-industrial- transformó al conocimiento en uno de los más importantes objetos de comercio del globalizado sistema económico capitalista. Las bases de datos y las publicaciones que contienen información estratégica (aquella de la cual depende el bienestar y el desarrollo del ser humano) se han vuelto elementos muy preciados, y, en consecuencia, altamente cotizados.

La información bajo el poder

En 1962, el economista norteamericano Fritz Machlup acuñó el término Industria del Conocimiento, rescatando un progresivo movimiento de las economías mundiales, que pasaban del uso de la “mano” de los operarios al de la “cabeza”. Este proceso, dado en forma paralela en el polo occidental del planeta y en Japón, buscó el aprovechamiento de los recursos intelectuales; especialmente del conocimiento científico abstracto, el cual permite la innovación, es la base de nuevas industrias y el punto de partida de políticas y de control social.

Hacia la misma época, la UMESAO, en Japón, genera el término Sociedad de la Información (jôhô shakai), como el estadío más avanzado y estilizado de evolución cultural y socio-económica al que puede arribar cualquier sociedad: un aprovechamiento total del conocimiento para alimentar el motor económico de un país con escasez de recursos naturales y abundancia de mentes.

En 1973, el sociólogo estadounidense Daniel Bell, en su libro The Coming of Post-Industrial Society, plantea el nacimiento de un nuevo paradigma socio-económico, que sustituiría al agotado sistema industrial capitalista: un sistema post-industrial en el cual el modelo tradicional de producción cambiaría por un modelo de servicios basados en el conocimiento (informática, investigación científica y desarrollo, educación, salud). Tales servicios se convertirían, de acuerdo al texto de Bell, en la espina dorsal de una nueva economía y de una nueva sociedad y una élite dominantes.

Efectivamente, durante las dos décadas posteriores, las potencias económicas del Norte migran sus industrias de manufactura a territorios de salarios bajos en el Sur, y se ocupan de re-estructurar sus realidades en torno a esta idea y a este nuevo paradigma (que el español Manuel Castells llamaría, más tarde, Sociedad Informacional, y el economista Alvin Toffler (1995) denominaría Tercera Ola). Aprovechando los intensos avances tecnológicos y científicos en el ámbito de las telecomunicaciones, la informática y la gestión del conocimiento, y aunando a ello el fenómeno de la globalización económica y el del incremento exponencial de la información impulsado por políticas académicas desequilibradas, se generó una propuesta que rápidamente alcanzó cada rincón del planeta. Estos tres elementos –tecnologías de la información, modos de producción y globalización—se vinculan, pues, en forma íntima para producir una nueva estructura social.

Dado que la información se transformó, en las últimas décadas, en un factor crítico en la dinámica y el crecimiento de la sociedad (vid.infra), el aprovechamiento de la misma en beneficio de los sistemas económicos hegemónicos parece lógico.

El problema de este modelo surge a partir de la década de los ‘90, cuando se observa que el crecimiento en los países pobres (el aprovechamiento del capital de conocimiento comercializado por este nuevo paradigma) se concentra en áreas urbanas y mercados limitados, normalmente ocupados por las clases sociales dominantes y pudientes (May, 2002). Se generan, en consecuencia, nuevas pobrezas, nuevas carencias, nuevas desigualdades (p.e. las Barreras Digitales señaladas por Gert Nulens (2001) y Servaes (2000)que continúan perpetuando políticas seculares de presión y de control).

En la actualidad, el uso de las TICs se ha vuelto casi vital en las sociedades occidentales, especialmente en las bibliotecas y centros de documentación. Sin embargo, en pocos casos se ha realizado un análisis crítico y profundo de lo que representan. En detrimento de formatos tradicionales y del acceso público a la información, la digitalización del saber humano –y de toda su realidad social e intelectual- no permite el acceso a este conocimiento (producto y herencia cultural común) a aquellos sectores de la población mundial que no disponen ni dispondrán jamás de la tecnología necesaria (alrededor de dos tercios de los habitantes del planeta); tecnología que, por otra parte, es monopolizada por corporaciones multinacionales del Primer Mundo que basan su producción en la explotación del trabajo de países en vías de desarrollo.

Ciertamente, herramientas como la Internet han permitido un aumento en la velocidad de las comunicaciones a nivel internacional, aunque gran parte del Tercer Mundo no dispone de líneas telefónicas o de acceso a una computadora. La información, a través de la Internet, ha tenido una enorme difusión. Pero, ¿hasta qué punto es pertinente tal información, hasta qué punto es útil tal difusión? Probablemente esto genere respuestas contradictorias, pues la mayor parte del saber estratégico descansa en publicaciones y bases de datos controladas por empresas de países en desarrollo, cuyos costos de venta pueden ser enfrentados únicamente por naciones con un nivel de vida medio-alto7.

El poder de la información

De acuerdo a Ackoff (2001), información es todo conjunto de datos que se tornan útiles tras ser procesados y relacionados, respondiendo a preguntas operativas como “quién”, “cuando” o “qué”. Su comprensión –desde el marco intelectual y la cosmovisión particular de un individuo o grupo- y su aplicación al entorno, permiten generar conocimiento, preciado bien intangible capaz de proporcionar respuestas, metodologías y soluciones a situaciones problemáticas. La información permite el control de tareas, el desarrollo de estrategias para enfrentar con éxito determinados acontecimientos, la gestión de los recursos naturales o humanos, la (re)distribución de las riquezas, la identificación de posibilidades y amenazas (análisis SWOT/FODA) y la categorización de individuos.

Permite la aprehensión y la comprensión de los universos natural, social y espiritual que circundan a un grupo humano, y las reglas y razones que los gobiernan, explican y expresan. A través de tal comprensión, y de acuerdo a la cultura y la idiosincrasia, la información permite gestionar tales universos, controlarlos… o dominarlos.

El libre acceso al conocimiento y a la educación es un derecho humano fundamental (Declaración Universal de los Derechos Humanos, art. 26) que permite el cumplimiento del resto de los mismos. Permite ampliar las posibilidades de formación, lo cual conduce a aumentar las oportunidades de desarrollo y de acciones tendientes a lograr bienestar, igualdad, equilibrio, paz, tolerancia, solidaridad y salud (Rosenzweig, 2000). A la vez, proporciona elementos para construir opinión independiente y crítica, elaborar caminos alternativos y tomar decisiones inteligentes. Ello redunda en libertad e igualdad, las bases de la sociedad democrática y libre desde la caída de la prisión de La Bastilla, en aquel París en donde finalizaba un siglo y nacía una nueva mentalidad.

La información al poder

A pesar de los puntos que, en los párrafos precedentes, enfatizan la importancia vital de la información, o, quizás, debido a ellos, los circuitos de producción y difusión del conocimiento estratégico han sido -y continúan siendo- manejados por los representantes de las ideologías hegemónicas, siguiendo políticas bien definidas, tendientes a crear o reforzar situaciones de poder y de dependencia, de desigualdad, de pérdida de identidad, de discriminación y de explotación.

La bibliotecología y las ciencias de la información han sido, durante largos periodos de la historia del hombre, cómplices de estas estrategias de dominio.Reservadas únicamente a ciertos elegidos o destinadas a la puntillosa conservación de sus fondos documentales, las bibliotecas han mejorado sus políticas en las últimas décadas del siglo XX, ampliando sus horizontes para lograr cumplir un objetivo prioritario: hacer llegar la información a todos.

En efecto, la UNESCO publicó en 1949 (y revisó en dos ocasiones posteriores) un Manifiesto sobre la Biblioteca Pública (IFLA, 2000) a través del cual expresaba su convencimiento de que “la participación constructiva y la consolidación de la democracia dependen tanto de una educación satisfactoria como de un acceso libre y sin límites al conocimiento, el pensamiento, la cultura y la información”.

Bellas palabras, plasmadas sólo en el papel, y en las buenas intenciones de una minoría. Muchísimos profesionales de la información, bajo la excusa de su objetividad y su postura apolítica, han hallado un cómodo puesto en la estructura de la Sociedad de Información dominante. Han olvidado que todo el trabajo realizado en una biblioteca o en cualquier centro de información –recuperación, organización, almacenamiento, clasificación- se realiza con un solo fin: proporcionar un servicio a un usuario con necesidades no satisfechas. La vocación de servicio y de difusión sobrevive en unos pocos que se parapetan en las últimas bibliotecas realmente públicas, asediadas por las presiones económicas y la falta de apoyo de los gobiernos nacionales y sus organismos responsables.

Las disciplinas relacionadas con la gestión del conocimiento deben hoy, más que nunca, recordar que son las depositarias de la memoria de la humanidad, y ajustar sus paradigmas a un enfoque acorde a los problemas que sacuden a su comunidad de usuarios (Rendón Rojas, 1996). Deben tomar partido (siempre lo han hecho, pero del bando vencedor) con aquellos que necesitan de ayuda. Existe una jerarquía que domina el mercado informativo. Existen estructuras que establecen trabas a la hora de acceder a un saber determinado. Existen factores de poder que evidencian políticas definidas, destinadas a evitar la difusión de ciertos conocimientos. Ante estas situaciones, una teoría político-filosófica clásica ha vuelto a ocupar nuevamente la línea de fuego.

Olvidada desde los principios del siglo XX, cuando fue etiquetada como un movimiento radical que se proponía sembrar el caos a través de la violencia, el anarquismo (del griego antiguo an-arch, negación de la autoridad) busca acabar con todo tipo de estructura jerárquica que mantenga y perpetúe relaciones de dominio o desigualdad, en la creencia de que el ser humano se desarrolla mejor cuando no se ve sujeto a la acción, la influencia y los designios de un superior (Anarchist FAQ, 2001; Bakunin, 1984). De esta forma, trabajando en comunidad y reconociendo liderazgos por su capacidad, el individuo logra expresar lo mejor de sí, extraer sus mejores cualidades y ponerlas al servicio de sus congéneres.

Las jerarquías no sólo se plantean a nivel económico, político o religioso, sino también a nivel cultural. El control de unos pocos sobre el saber al que acceden muchos genera una pirámide de poder que subordina la formación y la educación de grupos humanos enteros a las ideas y decisiones de un número reducido de individuos.

Ante esto, el anarquismo bibliotecario (que se encuadra dentro de un conjunto de nuevas corrientes de la bibliotecología etiquetadas como progressive librarianship) propone acciones tendientes a permitir que cualquier persona, independientemente de su edad, sexo, religión o cultura, pueda ejercer su derecho a la información y a la educación (Anarch. Libr. Web, 2002). Propone asimismo que la biblioteca se encargue de anular la dictaduras de los imperios de la información, las censuras y los manejos ideológicos y, sobre todo, la compra-venta del saber humano. Pues este saber, fruto del trabajo individual de generaciones pasadas y presentes, es un bien común que debe ser compartido y disfrutado por toda la especie humana, sin barreras de ningún tipo.

Los bibliotecarios anarquistas confían en construir una “sociedad de la información” más justa y equilibrada. Mantienen que no existe un único modelo, sino numerosas alternativas posibles. El paradigma dominante, manejado por los intereses de corporaciones trans-nacionales, presta poca atención a las urgentes necesidades humanas, que golpean a diario la primera plana de los medios e informes mundiales, o a los desequilibrios y desigualdades, que continúan en aumento. El anarquismo bibliotecario plantea la construcción de una “sociedad de la información” que permita un acceso más igualitario a los recursos documentales, y, a partir de allí, un bienestar y un crecimiento a nivel global (Mansell, 1998, Civallero, en prensa; Civallero, 2004). Plantea la participación plena de la bibliotecología, aportando diseños de sistemas de bibliotecas que permitan el desarrollo de comunidades multilingües, solidarias y respetuosas. Sin dominio, sin jerarquía, sin poderes establecidos. Sustentadas sencillamente por la cooperación y el comunitarismo. Persiguiendo –tras sus eternas barricadas- una utopía soñada por siglos que, quizás hoy, pueda convertirse en realidad.

Notas

La oralidad continuó, de todas formas, siendo un medio efectivo de transmisión de información entre aquellos que no podían/pueden acceder a la educación necesaria para adquirir un nivel mínimo de alfabetización. Aún en nuestras sociedades occidentales modernas, grandes cantidades de conocimientos tradicionales continúan circulando a través de estas vías, que resultan ciertamente inestables y merecen más atención de parte de las instituciones encargadas de la gestión del saber humano.

Es el caso de los textos religiosos egipcios, agrupados más tarde en colecciones denominadas “Libro de los Muertos”, “Libro de los Sarcófagos” y “Libro de las Pirámides”, sin cuya presencia y empleo el difunto no podría acceder al Otro Reino.

El papiro Anastasi I, elaborado en tiempos de Ramsés II (1326-1234 a.C.), es una carta entre escribas en la que, no sin ironía y mucho humor, se proclaman las ventajas y las perspectivas de ascenso que esperaban a los que estudiaran con diligencia para ser escribas (lo cual estaba en contraposición con cualquier otra profesión y vocación, necesariamente inferiores).

Ejemplos célebres de bibliotecas y archivos del antiguo Medio Oriente destruidas en campañas militares son las de Susa (2600 a.C.), la biblioteca del palacio de Assurbanipal de Nínive (612 a.C.), el archivo del palacio de Zimri-Lim de Mari (1760 a.C.), y las bibliotecas de Ebla (2500 a.C.), Ugarit (1200 a.C.) y Hattusa (1200 a.C.).

Actualmente denominada “memoricidio”, la práctica está orientada, en principio, a eliminar leyes, pesos y medidas, diccionarios, registros comerciales y administrativos, y textos religiosos.

De acuerdo a las creencias egipcias, p.e., la palabra escrita tenía el poder de la vida. Borrar palabras y nombres de estelas y monumentos implicaba quitar el propio principio de existencia a la entidad representada a través de la escritura.

Baste considerar, como dato básico, que el costo de acceso anual a una base de datos que contienen información bio-médica no puntera oscila entre los 6000 y los 17000 dólares, el equivalente al 300%-800% del ingreso per cápita de un profesional argentino de clase media-alta durante 2003.

Bibliografía

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BAKUNIN, Mikhail, (1984) Estatismo y anarquismo. Buenos Aires. Orbis.

Civallero, Edgardo. Anarquismo y bibliotecología (en prensa).

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Fulford, Robert, (1994) “The ideology of the book”. En Queen´s Quarterly, 3 (winter), p.809.

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