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8 junio, 2012 / Noógrafo

[Murray Bookchin] ¡Escucha marxista!

Toda la vieja morralla de los años treinta está de regreso: la “línea de clase”, el “papel de la clase”, los “cuadros adiestrados”, el “partido de vanguardia” y la “dictadura proletaria”. Todo aquello ha vuelto, y en forma más vulgarizada que nunca. El Progressive Labor Party no es el único ejemplo; es sólo el peor. Se huele el mismo tufillo en varios desprendimientos de la SDS y en los círculos marxistas y socialistas de los campus, no digamos ya en los grupos trotskistas, los Clubs Socialistas Internacionales y la Juventud Contra la Guerra y el Fascismo* [habla de grupos políticos de Estados Unidos en los años 60-70].

En los años treinta, al menos, esto era comprensible. Los Estados Unidos estaban paralizados por una crisis económica crónica, la más profunda y prolongada de su historia. Las únicas fuerzas vivas que parecían conmover los muros del capitalismo eran los poderosos impulsos organizativos de la CIO** [sindicato norteamericano posteriormete fusionado con la AFL], con sus espectaculares huelgas y sentadas callejeras, su militancia radical, sus encuentros sangrientos con la policía. La atmósfera política del mundo entero estaba cargada con la electricidad de la Guerra Civil Española, última expresión de las clásicas revoluciones obreras, donde cada secta radical de la izquierda americana podía identificarse con su propia columna miliciana en Madrid o Barcelona. Esto era hace treinta años. En aquel tiempo, cualquiera que tuviera la ocurrencia de gritar “Haz el amor, no la guerra” hubiera sido tomado por loco; el grito de entonces era “Haced empleos, no guerras”: llanto de una era castigada por la escasez, cuando la implantación del socialismo acarreaba “sacrificios” y suponía un “período de transición” de cara a una economía de abundancia material. Para cualquier chico de dieciocho años, en 1937, el concepto de cibernética hubiera sonado a ciencia ficción desenfrenada, una fantasía sólo comparable a las visiones del viaje interestelar. Aquel muchacho de dieciocho años acaba de cumplir la cincuentena, y tiene las raíces plantadas en una era tan remota que difiere cuantitativamente de las realidades del período actual en los Estados Unidos. El propio capitalismo ha cambiado desde entonces, adoptando formas cada vez más estratificadas que sólo podían avizorarse pálidamente hace treinta años. Y ahora se nos propone que volvamos a la “línea de clase”, la “estrategia”, los “cuadros” y todas las formas organizativas de aquel período distante, con desprecio casi vociferante por los nuevos temas y posibilidades que han surgido.

¿Cuándo diablos acabaremos de crear un movimiento capaz de mirar hacia el futuro en lugar del pasado? ¿Cuándo comenzaremos a aprender de lo que está naciendo en lugar de lo que está muriendo? Marx intentó hacerlo en su propio tiempo, y a esto debe su perdurable prestigio; trató de inspirar un espíritu futurista en el movimiento revolucionario de las décadas entre 1840 y 1850. “La tradición de todas las generaciones muertas cae como una pesadilla sobre la mente de los vivos”, escribió en El Dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte. “Y precisamente cuando parecen embarcarse en la transformación de sí mismos y de las cosas que los rodean, precisamente en las épocas de crisis revolucionaria convocan ansiosamente los espíritus del pasado en su ayuda, y de ellos toman prestados nombres, slogans de barricada y vestidos, para presentar el nuevo escenario de la historia del mundo con este disfraz santificado por el paso del tiempo, con este lenguaje prestado. Por esto Lutero se cubrió con la máscara de Pablo el apóstol, la revolución de 1789 y 1814 vistió alternativamente los trajes de la República Romana y el Imperio Romano, y la de 1848 no halló nada mejor que parodiar, a su vez, a 1789 y las tradiciones de 1793 y 1795… La revolución social del siglo diecinueve no puede extraer su poesía del pasado, sino sólo del futuro. No puede comenzar a vivir si no se desnuda de todas las supersticiones relativas al pasado… Para arribar a su propio contenido, la revolución del siglo diecinueve debe dejar que los muertos entierren a sus muertos. Allí la frase iba más allá que el contenido; aquí el contenido supera a la frase” (28).

¿Difiere en algo el problema de hoy, cuando nos acercamos al siglo veintiuno? Nuevamente están los muertos andando entre nosotros, y se han vestido irónicamente con el nombre de Marx, el hombre que trató de enterrar a los muertos del siglo diecinueve. De modo que la revolución de nuestro tiempo no es capaz de nada mejor que parodiar, a su vez, a las revoluciones de octubre de 1917, a la guerra civil de 1918-1920, con su “línea de clase”, su Partido Bolchevique, su “dictadura del proletariado”, su moralidad puritana y hasta su slogan: “El poder a los soviets”. La revolución completa y multilateral de nuestro tiempo, que está por fin en condiciones de resolver la histórica “cuestión social” nacida de la escasez, la dominación y las jerarquías, toma ejemplo de las revoluciones parciales, incompletas y unilaterales del pasado, que se limitaron a cambiar la forma de la “cuestión social” reemplazando un sistema de explotación jerárquica por otro. En un tiempo en que la mismísima sociedad burguesa se encuentra embebida en el proceso de desintegrar todas las clases sociales que alguna vez le dieron su estabilidad, se escuchan estas huecas proclamas de una “línea de clase”. En esta época en que todas las instituciones políticas de la sociedad jerarquizada entran en un período de profunda decadencia, suenan huecas proclamas del “partido político” y el “estado obrero”. Mientras la jerarquía como tal es cuestionada, escuchamos huecas proclamas sobre “cuadros”, “vanguardias” y “líderes”. En el momento preciso en que la centralización y el Estado alcanzan el punto más explosivo de negatividad histórica, se oyen estas huecas proclamas de un “movimiento centralizado” y una “dictadura del proletariado”.

Esta búsqueda de seguridad en el pasado, este intento de hallar abrigo en un dogma fijo y una jerarquía organizativa que substituyan al pensamiento creativo y la praxis es la amarga evidencia de que muchos revolucionarios son tremendamente incapaces de revolucionar “a las cosas y a sí mismos”, y mucho menos a la sociedad total. El conservadurismo hondamente arraigado de los “revolucionarios” del PLP* [nombrado arriba. Fue una escisión del SDS] es de una evidencia casi dolorosa; el líder y la jerarquía autoritaria reemplazan al patriarca y a la burocracia escolar; la disciplina del movimiento substituye a la de la sociedad burguesa; el código autoritario de la obediencia política reemplaza al Estado; el credo de la “moralidad proletaria” toma el lugar de los pruritos puritanos y la ética del trabajo. La vieja substancia de la sociedad explotadora reaparece bajo nuevas formas, envuelta en los pliegues de una bandera roja, decorada con retratos de Mao (o Castro, o el Che) y adornada por el diminuto “Libro Rojo” y otras letanías sagradas.

Lo que nos preocupa son aquellos revolucionarios honestos que se han inclinado hacia el Marxismo, el Leninismo o el Trotskismo, porque buscan fervorosamente una perspectiva social coherente y una estrategia efectiva para la revolución. También estamos preocupados por quienes se dejan deslumbrar por el repertorio teórico de la ideología Marxista y flirtean con ella, a falta de otras alternativas sistemáticas. A esta gente nos dirigimos como hermanos y hermanas, convocándolos a una discusión seria y a una reevaluación comprehensiva. Creemos que el Marxismo ya no es aplicable a nuestro tiempo, no porque resulte demasiado visionario o excesivamente revolucionario, sino porque no lo es en grado suficiente. Creemos que nació de una era de escasez y presentó una crítica brillante de aquella era, concretamente del capitalismo industrial, y que está naciendo una nueva era que el marxismo no abarca adecuadamente y cuyos lineamientos sólo pudo anticipar en forma unilateral y parcial. Sostenemos que el problema no es “abandonar” el Marxismo o “anularlo”, sino trascenderlo dialécticamente, del mismo modo que Marx trascendió la dialéctica hegeliana, la economía de Ricardo y las tácticas y modalidades organizativas blanquistas. Consideramos que, en un estadio del capitalismo más avanzado que el que conoció Marx hace ya un siglo, y en una etapa más avanzada del desarrollo tecnológico que Marx pudo anticipar claramente, es necesaria una nueva crítica, que a su vez inspire nuevas formas de lucha, de organización, de propaganda y de estilo de vida. Llamen a estas formas como les plazca, incluso “Marxismo” si lo desean. Hemos preferido dar a este nuevo enfoque el nombre de anarquismo post-escasez, por una cantidad de contundentes razones que en las páginas que siguen resultarán evidentes.

Los límites históricos del marxismo

La idea de que un hombre cuyas más grandes contribuciones teóricas fueron hechas entre 1840 y 1880 pudiera “prever” toda la dialéctica del capitalismo resulta claramente absurda. Si aún podemos aprender mucho de las concepciones de Marx, es más aún lo que aprenderemos de los inevitables errores de un hombre que estaba limitado por una era de escasez material y una tecnología que apenas incluía el uso de la energía eléctrica. Podemos aprender hasta qué punto es diferente nuestra época

con relación a toda la historia pasada, hasta qué punto son cualitativamente distintas las potencialidades que se nos presentan y únicos los planteamientos, análisis y praxis que debemos acometer para hacer una revolución y no un nuevo aborto histórico.

No se trata de que el Marxismo, como “método”, deba aplicarse a “nuevas situaciones”, o que deba desarrollarse un “neo-marxismo” para superar las limitaciones del “Marxismo Clásico”. El intento de rescatar el pedigree marxista, enfatizando el método sobre el sistema o agregando el prefijo “neo” a la palabra sagrada no es más que una lisa y llana mixtificación, dado que las conclusiones prácticas del sistema contradicen abiertamente estos propositos*. Sin embargo, éste es precisamente el estado de cosas en la exégesis marxista de hoy. Los marxistas se basan en el hecho de que su sistema despliega una brillante interpretación del pasado, mientras ignoran deliberadamente las atroces desviaciones en que ha incurrido de cara al presente y al futuro. Hablan de la coherencia que el materialismo histórico y el análisis de clase han impreso a la interpretación de la historia, de la luz que la concepción económica de El Capital ha echado sobre el desarrollo del capitalismo industrial, de la brillantez con que Marx ha analizado las revoluciones anteriores y deducido conclusiones tácticas, sin reconocer ni por asomo que han surgido problemas cualitativamente nuevos, que en tiempos de Marx no existían, ni muchísimo menos. ¿Puede concebirse que los problemas históricos y los métodos de análisis clasista, íntegramente basados en una inevitable escasez, se tranplanten a una nueva era potencialmente abundante? ¿Es concebible que un análisis económico centrado originariamente en un sistema capitalista de “libre concurrencia” industrial se transfiera a un sistema de capitalismo gerencial, en que el Estado y los monopolios se combinan para manipular la vida económica? ¿Puede creerse que el repertorio táctico y estratégico formulado durante un período en que la base de la tecnología industrial residía en el carbón y el acero resulte aplicable para una era basada en fuentes energéticas radicalmente nuevas, en la electrónica y la cibernética?

Como resultado de este transplante, un cuerpo teórico que hace un siglo era liberador se ha convertido, hoy, en una camisa de fuerza.

Se nos propone, que volvamos, al pasado, que nos encojamos en lugar de crecer, que forcemos la impetuosa realidad de nuestro tiempo, con sus promesas y esperanzas, y para avenirla a los prejuicios exangües de un tiempo que ya pasó. Se pretende que operemos con principios que están superados, no sólo en el plano teórico sino en términos del propio desarrollo social. La Historia no se ha paralizado con la muerte de Marx, Engels, Lenin y Trotsky; tampoco ha evolucionado en la dirección simplista que pronosticaron estos pensadores, brillantes, sí, pero cuyas mentes tenían las raíces en el siglo diecinueve o en los albores del veinte. Hemos visto al propio capitalismo realizar muchas de las tareas (incluyendo el desarrollo de una tecnología de abundancia) que se consideraban socialistas; lo hemos visto “nacionalizar” la propiedad, armonizando la propiedad con el estado allí donde fuera necesario. Hemos visto a la clase obrera neutralizada en tanto que “agente del cambio revolucionario”, embebida todavía en una lucha dentro del marco “burgués” por mejoras salariales, menos horas de trabajo y participación en los beneficios. La lucha de clases en el sentido clásico no ha desaparecido; peor aún, ha sido asimilada por el capitalismo. La lucha revolucionaria en los países capitalistas avanzados ha pasado a un plano históricamente nuevo: se ha convertido en la batalla de una generación juvenil que no ha conocido crisis crónicas de la economía, contra la cultura, los valores e instituciones de la generación mayor, conservadora, cuya visión de la vida fue tallada por la escasez, el sentimiento de culpa, la privación, la ética del trabajo y la búsqueda de la seguridad material.

El mito del proletariado

Reforzar esta estructura de clases parloteando sobre el “papel de la clase obrera”, reforzar la lucha tradicional de clases adjudicándole un supuesto contenido “revolucionario”, infectar con “obreritis” al nuevo movimiento revolucionario de nuestro tiempo es reaccionario hasta la médula. ¿Hasta cuándo habrá que recordar a los doctrinarios marxistas que la historia de la lucha de clases es la historia de una enfermedad, de las heridas abiertas por la famosa “cuestión social”, por el desarrollo unilateral del hombre, en su intento de dominar a la naturaleza por medio del dominio del prójimo? Si el subproducto de esta enfermedad ha sido el desarrollo tecnológico, sus productos principales han sido la represión, un terrible derramamiento de sangre y una distorsión feroz de la psique humana.

Próximo el fin de la enfermedad, cicatrizadas ya algunas de las heridas, el proceso comienza a desplegarse hacia la totalidad; el contenido revolucionario de la lucha tradicional de clases ya no existe ni como elaboración teórica ni como realidad social. El proceso de descomposición no sólo abarca la estructura tradicional de clases, sino también la familia patriarcal, los regímenes autoritarios de educación y crianza, las instituciones y las costumbres basadas en el esfuerzo, el renunciamiento, la culpa y la represión sexual. El proceso de desintegración, en pocas palabras, se ha generalizado, atravesando virtualmente todas las clases tradicionales, sus valores e instituciones. Ha creado formas de lucha, pautas organizativas y reivindicaciones totalmente nuevas: reclama un concepto absolutamente nuevo en la teoría y la praxis.

¿Qué significa esto, concretamente? Comparemos dos concepciones, la marxista y la revolucionaria. El teórico Marxista nos propondrá un acercamiento al obrero -o mejor aún, “entrar en la fábrica- para hacer “proselitismo” entre los obreros con preferencia a cualquier otro grupo social.  ¿El propósito? Dotar al trabajador de una “consciencia de clase”. En la vieja izquierda más neanderthaliana, esto implica cortarse el pelo, ataviarse con ropas convencionales, dejar la grifa por los cigarillos y la cerveza, bailar a la vieja usanza, adoptar maneras “rudas” y desarrollar un estilo pomposo, pesado y desprovisto de sentido del humor .

En otras palabras, uno se convierte en la peor caricatura del obrero: no ya un “pequeño burgués degenerado” sino un degenerado burgués. Uno imita al obrero, que, a su vez, imita a sus patrones. Esta metamorfosis del estudiante en “obrero” encierra un pervertido cinismo. Se intenta utilizar la disciplina inculcada al trabajador por el medio fabril para someterlo a la del partido. Se utiliza el respeto del obrero por la jerarquía industrial para acoplarlo a la jerarquía de partido. Esta desagradable faena, que en caso de tener éxito sólo conduciría al reemplazo de una jerarquía por otra, la realiza uno a costa de simular que le preocupan los problemas económicos que cada día sufre el trabajador. Hasta la teoría marxista se degrada conforme a esta imagen empobrecida del obrero. (Véase cualquier ejemplo de Challenge, el National Enquirer de la izquierda. Nada fastidia más a los obreros que este tipo de literatura). Finalmente, el trabajador descubre que, en su cotidiana lucha de clases, la burocracia sindical le ofrece mejores resultados que la burocracia del partido Marxista. Esto se evidenció tan espectacularmente durante los años cuarenta que, sin mayor oposición por parte de las bases, los sindicatos se permitieron expulsar en uno o dos años a millares de “Marxistas” que habían batallado por el movimiento obrero durante más de una década, llegando en algunos casos a la conducción máxima de las antiguas internacionales CIO.

El obrero no se convierte en revolucionario acentuando su condición de obrero, sino despojándose de ella.

El mito del partido

No son los partidos, grupos y cuadros quienes realizan las revoluciones sociales: éstas ocurren como resultado de fuerzas históricas profundamente asentadas, y contradicciones que movilizan a grandes sectores de la población. No sobrevienen sólo porque las “masas” encuentran intolerable a la sociedad existente (como decía Trotsky) sino también a causa de la tensión entre lo real y lo posible, entre lo-que-es y lo-que-podría-ser. La miseria más abyecta no produce revoluciones, por sí sola; más bien suele engendrar una profunda desmoralización, o, peor aún, una lucha personal por la supervivencia.

* * *

El partido está estructurado conforme a líneas jerárquicas que reflejan a la misma sociedad que se pretende combatir.

A pesar de sus pretensiones teóricas, es un organismo burgués, un Estado en miniatura con un aparato y unos cuadros cuya función es tomar el poder, y no disolverlo. Arraigado en el período prerrevolucionario asimila todas las formas, técnicas y mecanismos mentales de la burocracia. Sus miembros son adoctrinados en la obediencia y los prejuicios de un dogma rígido, y se les enseña a reverenciar a la autoridad de los líderes. El dirigente del partido a su vez, recibe, una formación compuesta de hábitos que están asociados al comando, la autoridad, la manipulación y la egomanía. Esta situación se agrava cuando el partido interviene en elecciones parlamentarias. Durante las campañas electorales, el partido de vanguardia se amolda totalmente a las formas burguesas convencionales y adquiere, incluso, la parafernalia de los partidos electorales. La situación cobra dimensiones auténticamente críticas cuando el partido recurre a la gran prensa, a costosos locales, a cadenas periodísticas controladas y desarrolla un “aparato” profesional: una burocracia, en una palabra, con velados intereses materiales.

Con la expansión del partido, aumenta invariablemente la distancia entre los dirigentes y las bases. Sus líderes, convertidos en “personalidades”, pierden contacto con las condiciones de vida de la masa. Los grupos locales, que conocen mejor su propia situación que cualquier líder remoto, son obligados a subordinar sus puntos de vista a las directivas emanadas de lo alto. La dirección, a falta de todo conocimiento directo de los problemas locales, actúa con prudencia y moderación. Aunque suelen aducirse justificaciones a base de una “visión más amplia” y de una mayor “competencia teórica”, la idoneidad de los dirigentes tiende a disminuir a medida que asciende la jerarquía del comando. Cuanto más nos aproximamos al nivel donde se formulan las decisiones concretas, tanto más conservador en el proceso de elaboración de las decisiones, tanto más burocráticos y exteriores los factores en juego, tanto más reemplazan el prestigio y la antigüedad a la creatividad, la imaginación y la entrega desinteresada a los objetivos revolucionarios.

El partido pierde eficacia, desde un punto de vista revolucionario, cuando la busca a través de la jerarquía, los cuadros y la centralización. Aunque todo y todos están en su lugar, las órdenes suelen resultar erróneas, especialmente cuando los acontecimientos se desarrollan con rapidez y toman cursos inesperados, como ocurre en todas las revoluciones. El partido sólo es eficiente en la tarea de amoldar la sociedad a su propia imagen jerárquica, cuando triunfa la revolución. Regenera la burocracia, la centralización y el Estado. Redobla la burocracia, la centralización y el Estado. Ampara las condiciones sociales creadas por este tipo de sociedad. En lugar de “suprimirlas”, el Estado controlado por el “glorioso partido” preserva las condiciones que hacen “necesaria” la existencia del Estado, y la de un Partido que lo “guarde”

* * *

Si es cierto que en las revoluciones burguesas, las “frases se anteponían al contenido”, en la revolución bolchevique las formas sustituyeron al contenido. Los soviets reemplazaron a los obreros y sus comités de fábrica, el partido a los soviets, el Comité Central al Partido, y el Buró Político al Comité Central. En otras palabras, los medios reemplazaron a los fines. Esta increíble sustitución de forma por contenido es uno de los rasgos más característicos del Marxismo-Leninismo. En Francia durante los acontecimientos de mayo y junio de 1968, todas las organizaciones bolcheviques estaban preparadas para destruir la asamblea estudiantil de la Sorbona, con tal de aumentar su influencia y caudal de los afiliados. Su preocupación principal no era la revolución, sino las auténticas formas sociales creadas por los estudiantes, sino el crecimiento de sus respectivos partidos.

Sólo una fuerza social pudo haber detenido el crecimiento de la burocracia en Rusia. Si el proletariado y el campesinado ruso hubieran logrado ampliar el alcance del autogobierno a través del desarrollo de comités de fábrica viables, comunas rurales y soviets libres eficientes, la historia del país habría tomado un curso espectacularmente diferente. No puede discutirse que el fracaso de las revoluciones socialistas en Europa, después de la Primera Guerra Mundial, condujo al aislamiento de la revolución rusa. La indigencia material de Rusia, sumada a la presión del mundo capitalista que la rodeaba, conspiró claramente contra el desarrollo de una sociedad socialista o coherentemente libertaria. Pero de ningún modo era inevitable que Rusia se desarrollara según las pautas del capitalismo de Estado; a pesar de las previsiones iniciales de Lenin y Trotsky, la revolución fue derrotada por fuerzas internas y no por ejércitos invasores. Si un movimiento desde abajo hubiera restaurado las

conquistas originales de la revolución de 1917, se habría desarrollado una estructura social multifacética, basada en el control obrero de la industria, en una economía campesina de desarrollo libre para el agro y en un libre juego de ideas, programas y movimientos políticos. Rusia no habría sido aprisionada, en lo más mínimo, por cadenas totalitarias, ni el stalinismo habría envenenado el movimiento revolucionario mundial, preparando el camino para el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. La evolución del Partido Bolchevique, sin embargo, impidió todos estos fenómenos, a pesar de las “buenas intenciones” de Lenin y Trotsky. Al destruir el poder de los comités de fábrica en la industria y aplastar a los Makhnovistas, los obreros de Petrogrado y los marineros de Kronstadt, los bolcheviques garantizaron el triunfo de la burocracia rusa sobre la sociedad rusa. El partido centralizado -institución burguesa, si las hay- se convirtió en un reducto de la más siniestra contrarrevolución.

Esta era la contrarrevolución encubierta, escudada tras la bandera roja y la terminología de Marx. En última instancia, lo que los bolcheviques suprimieron en 1921 no era una “ideología” ni una “conspiración de guardias blancos” sino una lucha elemental del pueblo ruso por liberarse de toda sujeción y asumir el control de su propio destino* A Rusia, esto le valió la pesadilla de la dictadura stalinista; para la generación de los años treinta significó el horror del fascismo y la traición de los partidos comunistas en Europa y los Estados Unidos.

Las dos tradiciones

Karl Marx y Friedrich Engels eran centralistas: no sólo políticamente, sino también en la social y económico. Jamás lo negaron, y sus escritos rebosan de radiantes elogios a la centralización política, económica y organizativa. Ya en marzo de 1850, en su famoso “Informe del Comité Central de la Liga Comunista”, formularon una llamada a los obreros para que lucharan no sólo por una “república alemana única e indivisible, sino también, dentro de ella, por la más decidida centralización del poder en manos de la autoridad estatal”. Para que la recomendación no fuera tomada a la ligera, se la reiteró continuamente en el mismo párrafo, que concluye así: “Como en Francia en 1793, también hoy en Alemania es tarea de! auténtico partido revolucionario la instauración de una centralización estricta”.

* * *

No intento abrumar al lector con citas de Marx y Engels, sino subrayar que los conceptos fundamentales del marxismo -que hoy son aceptados sin el menor sentido crítico- eran en realidad el producto de una etapa que ha sido largamente superada por el desarrollo capitalista en los Estados Unidos y Europa Occidental. Marx no sólo trató de los problemas de la “revolución proletaria” sino también los de la revolución burguesa, particularmente en Alemania, España, Italia y Europa oriental. Planteó la

problemática de la transición del capitalismo al socialismo en los países capitalistas que apenas habían superado la tecnología del carbón y el acero, y la problemática del paso del feudalismo al capitalismo para los países que aún no habían trascendido el nivel de las artesanías y oficios. En una palabra, los estudios de Marx se referían específicamente alas precondiciones de la libertad (desarrollo tecnológico, unidad nacional, abundancia material) y no ya a las condiciones de la libertad: descentralización, formación de comunidades, democracia directa, redimensionamiento a escala humana. Sus teorías aún pertenecían a la esfera de la supervivencia, no a la esfera de la vida.

Comprendido esto, el legado teórico marxista se sitúa en una perspectiva adecuada, separando sus ricos aportes de sus planteamientos históricamente limitados e incluso paralizantes dentro del contexto actual. La dialéctica de Marx, sus muchas y muy valiosas observaciones englobadas en el materialismo histórico, su soberbia crítica de la mercancía, gran parte de sus teorías económicas, la teoría de la alienación, y sobre todo la noción de que la libertad tiene prerrequisitos materiales, son contribuciones perdurables al pensamiento revolucionario.

Al mismo tiempo, el énfasis que Marx puso en el proletariado industrial como “agente” del cambio revolucionario, su “análisis clasista” de la transición de la sociedad de clases, su concepto de la dictadura del proletariado, su tendencia centralista, su tesis sobre el desarrollo capitalista (que confunde el capitalismo de Estado con el socialismo) sus proyectos de acción política a través de partidos electorales, además de muchos conceptos menores asociados a todos éstos, son directamente falsos en el contexto de nuestro tiempo, y, como veremos, ya estaban descaminados en su propia época. Provienen de una visión limitada, o mejor dicho, de las limitaciones de una etapa histórica. Sólo tienen sentido si recordamos que Marx consideraba que el capitalismo era una etapa histórica progresiva, paso indispensable para el desarrollo del socialismo, y su aplicabilidad práctica se reduce estrictamente al momento en que Alemania afrontaba las tareas democrático-burguesas y la unificación nacional. (No quiero decir que este enfoque de Marx era correcto, sino que el enfoque tenía sentido dentro de su tiempo y lugar).

* * *

Ante las desconcertantes encrucijadas ideológicas de nuestro tiempo, hay una pregunta de fondo que debería estar siempre presente: ¿Para qué diablos estamos tratando de hacer una revolución? ¿Para recrear la jerarquía, agitando ante los ojos de la humanidad el sueño confuso de un futuro de libertad? ¿Para impulsar el desarrollo tecnológico, creando una abundancia de bienes aún mayor que la actual? ¿Para “igualar” a la burguesía? ¿Para llevar al poder al PL? ¿O al Partido Comunista? ¿O al Partido Socialista Obrero?* ¿Se trata de emancipar abstracciones como “El Proletariado” “El Pueblo” la “Historia” la “Sociedad”?

¿O se trata de disolver, finalmente, la jerarquía, la dominación de clases y la opresión: de que cada individuo tome el control de su vida cotidiana? ¿Se trata de hacer de cada momento una experiencia maravillosa, y de la vida de cada individuo una realización integral? Si el verdadero propósito de la revolución es instalar a los hombres de Neanderthal del PL en el poder, no creo que merezca la pena. Es innecesario discutir el problema absurdo de si el desarrollo individual puede separarse de la evolución social y comunal; obviamente ambos van juntos. La base de un ser humano total es una sociedad integral; la base para un hombre libre es una sociedad libre .

Al margen de estas cuestiones, aún debemos responder a la pregunta que Marx se planteaba ya en 1850: ¿Cuándo comenzaremos a tomar nuestra poesía del futuro en lugar de robarla al pasado? Debemos dejar que los muertos entierren a sus muertos. El Marxismo está muerto porque tiene sus raíces en una era de escasez, cuyas posibilidades estaban limitadas por la privación material. El mensaje social más importante del Marxismo consiste en que la libertad tiene ciertos prerrequisitos materiales:

debemos sobrevivir para vivir. Con el desarrollo de una tecnología que ni la ciencia-ficción más audaz pudo imaginar en tiempos de Marx, ha venido a plantearse ante nosotros la posibilidad de una sociedad Post-escasez. Todas las instituciones de la sociedad de apropiación -dominación clasista, jerarquía, familia patriarcal, burocracia, ciudal, Estado- están agotadas. Hoy, la descentralización no es sólo deseable, como medio para restaurar una escala humana, sino también necesaria para recrear una ecología viable, salvando a la vida de los contaminantes destructivos y la erosión del suelo, preservando una atmósfera respirable y el equilibro natural. La promoción de la espontaneidad es necesaria para que la revolución social ponga a cada individuo al timón de su propia vida cotidiana.

Las viejas formas de lucha no desaparecen totalmente a causa de la descomposición de la sociedad de clases, pero la problemática de la sociedad sin clases las va superando paulatinamente. No hay revolución social sin participación obrera, y por lo tanto los trabajadores deben contar con nuestra solidaridad activa en cada batalla que libren contra la explotación. Luchamos contra los crímenes sociales dondequiera que aparezcan; y la explotación industrial es un crimen. Pero también lo son el racismo, la violación del derecho a la autodeterminación, el imperialismo y la miseria; y lo mismo puede decirse, por otra parte, con respecto a la polución, la urbanización galopante, la perversa socialización de los jóvenes y la represión sexual. En cuanto al problema de ganar a la clase obrera para la revolución, debemos tener presente que el desarrollo del proletariado es una precondición para la existencia de la propia burguesía. El capitalismo, como sistema social, presupone la existencia de ambas clases, y se perpetúa gracias al desarrollo de ambas. En la medida en que alentemos el desclasamiento de las clases no burguesas -al menos en un sentido institucional, psicológico y cultural- estaremos combatiendo las premisas de la dominación clasista.

Por primera vez en la historia, la fase anárquica que saludó el principio de todas las grandes revoluciones del pasado puede ser preservada como condición permanente, gracias a la avanzada tecnología de nuestro tiempo.. Las instituciones anarquistas de dicha fase -asambleas, comités de fábrica, comités de acción- pueden estabilizarse como elementos de una sociedad liberada, como factores de un nuevo sistema de auto-gobierno. ¿Construiremos un movimiento capaz de defenderlas? ¿Crearemos una organización de grupos de afinidad capaz de disolverse en el seno de estas instituciones revolucionarias? ¿O edificaremos un partido burocrático, centralizado, jerarquizado, que intentará dominarlas, suplantarlas y finalmente destruirlas?

Escucha, marxista: la organización que intentamos construir es el tipo de sociedad que creará nuestra revolución. Si no sepultamos al pasado -en nosotros mismos, así como dentro de nuestros grupos- no tendremos nada que ganar en el futuro.

Extractos del libro “El Anarquismo en la Sociedad de Consumo” de Murray Bookchin, publicado en España por Editorial Kairós.

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